Cholo soy y no me complazcas Viernes, 2 octubre 2015

“Los Rendidos”: Un hijo de terrucos nos da (buenas) lecciones de moral

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

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“Cuando pensamos en los que administraban los campos de concentración, no podemos dejar de sentir que no se nos parecen. Pero ¿todos? ¿Todo el tiempo? ¿En Sendero todos? ¿Y realmente, no se nos parecen?”.

Como periodista, siempre he procurado parecer festivo y desenfadado. En el fondo, se trata de un mecanismo de defensa, una reacción reflejo a la mascarada de mi oficio, porque no suelo creer en los modos habituales en que el periodismo se acerca a los asuntos serios y a la complejidad del mundo real: no albergo ninguna fe en estos periodistas que se invisten con la capa y la máscara de justicieros, se venden poseedores de verdades rotundas y se encargan de estar siempre ellos en el centro de la noticia y la denuncia. Tampoco confío en que la motivación que lleva a miles de personas a apoyarlos y seguirlos en medios y redes sea realmente una demostración éticamente pura de justicia popular desinteresada: cuando uno le da like a una noticia sobre lo mal que lo pasan los refugiados sirios y luego se cruza de brazos ante la miseria frente a su calle, sólo le está dando like a su ego…

Para que lo entiendan mejor: no creo en Milagros Leiva. Creo que es más falsa que un Picasso firmado en 2015.

José Carlos Agüero ha escrito un libro hermoso, tal vez lo más cercano a un libro de poemas que leeré nunca. Los rendidos (editado por el Instituto de Estudios Peruanos) es un libro sobre el dolor y el ultraje escrito desde una sima inhóspita, una geografía remota que en apariencia no acoge ni representa a nadie más que a él mismo, pero que le permite estudiarnos con una agudeza escalofriante. Un libro también sobre la experiencia del terrorismo, que él vivió como entorno doméstico, dado que es hijo de dos terroristas que, en consecuencia, probablemente asesinaron y, a su vez, fueron asesinados.

Mi experiencia con el terrorismo es nula, salvo como espectador y ciudadano airado: hace tres años, en Barcelona, escuché en TV al jefe del Gobierno de Euskadi celebrar el Día de la Patria Vasca advirtiendo en su discurso de que los vascos “no somos españoles, pero no deseamos una separación tan radical de España como la que proponen nuestros hermanos catalanes”. Tal declaración me provocó náuseas pensando en las ochocientos y pico personas asesinadas por la banda terrorista ETA para imponer la independencia de su ideal de patria… Y ahora, hoy, aquellos que callaban ante la violencia declaran impunemente que no desean la independencia como el pueblo catalán, que la va a conseguir sin haber derramado una gota de sangre. ¿Y esos ochocientos y pico muertos? ¿Nos meamos todos juntos -vascos, catalanes, españoles- sobre sus tumbas?

Foto AFP tomada de elcomercio.com

Foto de Agüero por AFP tomada de elcomercio.pe


 

-Basta de pus

Pese a ello, creo que una sociedad responsable debe en efecto tender puentes paralelos a la memoria y también al perdón, cuando un conflicto ha dividido a un pueblo entero, abocando al horror a tirios y troyanos, a amigos y hermanos, sin discriminación de responsabilidad moral. Inevitablemente un día hay que suspirar, capitular los credos, bajar los brazos y remover las cenizas para entender porqués y sembrar una esperanza de paz.

Por ejemplo, me parece interesante cómo Liam Neeson resulta tan popular aquí como en España por sus divertidas películas de asesino de asesinos, pero un filme tan necesario como Cinco minutos de gloria (2009), donde encarna a un ex terrorista del IRA que treinta y tres años después acepta encarar frente a las cámaras de la TV al hermano del muchacho que mató en su juventud, apenas suponga un título medianamente conocido por algunos amantes del cine. No deja de ser significativo que esta película sobre furia, duelo y reconciliación (basado en entrevistas a los dos personajes reales que inspiran la historia y que nunca llegaron a encontrarse en persona) esté dirigida por un especialista en cicatrices colectivas sin curar: el alemán Oliver Hirschbiegel, responsable de La caída (Der Untergang, 2004), aquel maravilloso filme sobre los últimos días de Hitler.

Como extranjero (algunos apuntarán también que como catalán/español) debo ser muy prudente a la hora de acercarme a este libro de Agüero. No puedo ni debo opinar sobre un período tan oscuro y ajeno a mí como el del terrorismo de Sendero Luminoso y su represión militar. Es algo que me está vedado. Y yo respeto ese veto.

Pero soy humano y también puedo sentir empatía e indignación, piedad o abyección ante aquello que veo y leo, y siento que José Carlos Agüero ha logrado, desnudándose de toda afiliación comunitaria o abrazando a TODA la comunidad con toda su disparidad interna, desde el “unito” humilde -pero tan lúcido- que conforma la poca autoridad que le otorga su sociedad al tratarse de un hijo de terrucos, prestarnos las herramientas útiles para mirar de frente el pasado horrible y empezar a desenterrar los cadáveres sin odios, imposturas ni intereses creados.

Me siento abrumado y traspasado por su dolor cuando él dice, mejor que nadie que lo haya dicho delante mío, “desde esta desposesión de la verdad, tengo la esperanza de que la duda y su modestia puedan invitarnos a abandonar nuestras trincheras y sentir curiosidad por el padecer de los que nos son ajenos e incluso odiados. (…) Porque al serlo, al ser guardián de alguna moral superior, se hace difícil escuchar al que tiene algo diferente que decir, porque lo puedes estar obligando a callar o a decantarse por un discurso políticamente correcto…”.

¿Por qué necesitamos escuchar voces como la de Agüero? Porque, lo argumenten como lo argumenten, “la guerra no es igual a la paz”. Y porque su acto de desnudamiento público, de despojamiento de máscaras, de descabalgadura de caballos de batalla, su búsqueda de perdón y aceptación ante sí mismo, nos beneficia a todos, nos hace entendernos mejor a nosotros mismos y arrojar también nuestras armas y caretas: “Mis padres no fueron monstruos (…). Pero ¿eso les quita culpa?”.

Foto de lamula.pe

Retrato de Agüero para www.lamula.pe

 

-Descosiendo momias y descosificando muertos

No crean que Agüero pone su talento (lo único extremado en él) al servicio de la reivindicación, ni ideológica ni personal: no reinvindica nada, he ahí su valor. Tampoco se casa con nadie, ni con la memoria de sus padres: “¿A cuánta gente mató (sic)  mis padres? Saberlo es innecesario. Solo que sea posible plantear esta pregunta en cualquier momento, y que sea válida, es lo que sostiene este tipo de vergüenza”.

Todos recibimos lo nuestro ¡pero sin rencor! en estas páginas: los humanistas de salón (“Todos podemos hablar de estas personas porque nos hace mejores hablar de ellas. Porque puestos a su lado, resplandecemos y se ve mejor nuestra bondad”.), cierta izquierda fanática e irresponsable ante la barbarie que a veces causó (“Largos años le tomó a la izquierda y a muchos activistas que ahora son grandes demócratas aprender el lenguaje y el valor de la democracia”), los ex terroristas autojustificativos (“El mito de la comunidad inocente ya no se puede sostener. (…) (Lurgio Gavilán) también recurre a un discurso conservador, señalando que los indios como él no tenían cómo entender los manuales senderistas ni la complejidad de la vida política. Él reclama ser tratado como el indio de Uchuraccay. Él quiere ser contado por el Mario Vargas Llosa de entonces”), la facción conservadora de juicio despiadado que se cree ajena a todo delito moral o salpicadura del prójimo (“tan segura de su verdad”), hasta a aquellos que siempre hemos cacareado que la bandera del victimismo ha constituido un fenómeno nefasto para llegar a los hechos desnudos (“…Si lo que necesitamos para defender la vida y la libertad, en este contexto casi sin opciones, es tener inocentes, pues a construirlos”).

Agüero dispara desde su no-atalaya, desde su rendición ante el juicio de los demás y ante sí mismo. Nos dispara a todos, pero a su través: y al hacerlo, también nos absuelve. Incluso a Alan García, a quien considera responsable directo de la represión que causó la muerte de decenas de presos, entre ellos su padre, en los penales de El Frontón, Lurigancho y Santa Bárbara: “¿Debo odiarlo como lo odiaba mi abuela, como lo odiaba mi madre? Prefiero perdonarlo también. (…) Perdió el alma en este trance. Y cuando un hombre pierde su alma, todos de algún modo la perdemos con él. Y  ante ese daño, aunque quisiera, no podría desearle otro mal que sea peor”.

Y por una vez en este tipo de memoria íntima, el análisis ajeno con que finiquita el volumen, un colofón escrito por el filósofo Rubén Merino Obregón, no está de más ni es postizo, sino que arroja una muy estimable y mayor luz sobre nuestra mirada hacia el libro.

He leído dos veces “Los rendidos” y el efecto es el mismo: una invitación a que sus lectores también nos rindamos, un recordatorio de que ya es tiempo de despojarse del bagaje sangriento y sanguíneo y ofrecerse a todos. De que es hora de que el sufrimiento por años de mis abuelos paternos en un campo de concentración franquista, de esos malos tratos y ese hambre que pasó mi madre de niña y que obligaron a mi abuela a enviarla a la Argentina, del trajín de emigrantes de mis dos progenitores, del miedo heredado a opinar de política por parte de mi familia republicana… de que todo eso sucumba ya y renazcamos un poco más libres. Y un poco mejores.

Al leer a Agüero siento que ya es hora de rendirnos todos y pasar de una vez página, para perdonarnos a nosotros mismos… y aunque sólo sea por amor a los que vendrán. O tal vez, simplemente por respeto. Terminemos con otra grácil y certera frase del rendido que alude a todos los que nos ilusionamos extraños a su mancha:

“Pero no estamos para juzgar con tanta severidad a otros sin juzgarnos, por lo menos un poco, nosotros mismos.”

Memoria

Imposible empezar con una página en blanco. E inevitable intentarlo. Dedicatoria de “Los rendidos.”

Mi sincero agradecimiento a mi compatriota y colega Rosa González, quien me prestó este libro y me habló de él con el mismo entusiasmo y pasión que yo empleo en hablar de los libros que me gustan: por eso lo leí.

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).