Cholo soy y no me complazcas Miércoles, 14 enero 2015

¡Vivan las monstruas! Seremos todos transfeministas o no seremos

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

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Transfeminismos: Epistemes, fricciones y flujos es un interesantísimo libro sobre la evolución de los ultimísimos feminismos desde la perspectiva ibérica, editado en España por Txalaparta, en el que se aúnan múltiples puntos de vista de las más recientes luchadoras por la igualdad de géneros y orientaciones, la visibilidad e inclusión de los márgenes, la convivencia de los sexos o la supremacía femenina, según el sesgo de la colaboradora.

Coordinado por Miriam Solá y Elena Urko, el libro recoge los avances y evolución de la perspectiva feminista universal en las décadas más recientes a través del prisma del activismo español de nuevo cuño, proponiendo en su conjunto, desde la óptica del concepto transfeminista, un paso adelante hacia la disolución de determinismos compresivos, estereotipos sexuales y victimismos totalitarios como medio de apostar y conseguir una sociedad plural, integradora y trans-formada, huyendo de las categorizaciones que a veces son la peor trampa de la libertad que teóricamente designan, como agudamente apunta una de las contribuidoras del contenido, Lucía Egaña Rojas, al citar a Audre Lorde: “Las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo”.

Aunque sin pretender una ruptura con el feminismo pionero más clásico y ortodoxo, en sus páginas se constata que si éste logró grandes avances en su lucha contra una sociedad despiadada con la mujer y unos roles asfixiantes, también por inercia cayó a veces en el mismo error de aquello contra lo que luchaba: la discriminación por sexo, es decir, el determinismo sexual que asume unos valores inamovibles para el hombre y otros para la mujer; y, por otro lado, la asimilación del activismo contestatario por parte del sistema, permitiendo ese activismo, de algún modo, la anulación de su factor desestabilizador y corrosivo de las convenciones sociales. En ese sentido, el libro está lleno de furia, lo cual, me muestre de acuerdo o no con los preceptos de algunas de las “furiosas” incluidas, me parece socialmente muy sano.

Al igual que los nostálgicos de la URSS querrían seguir explicándose el mundo según la simplista oposición de dos bloques estancos e impermeables, hay un tipo de feminismo al que no le interesa romper la dinámica de oposición entre los dos sexos, manteniendo el concepto “hombre” como punto de referencia inamovible al que disparar fuego enemigo, pues su alimentación como némesis irrenunciable, como estereotipo de humano culpable desde su nacimiento y definición biológica, permite la propia reafirmación de identidad y perpetuidad incólume de postulados, por revisables que éstos sean, sin tener en cuenta que las fronteras definitorias  de qué es hombre y qué es mujer hace tiempo que empiezan a desdibujarse, lo cual es sano: ése es el objetivo de la igualdad en el mundo real. Por ello algunas feministas fundamentalistas se ponen tan nerviosas con la progresiva flexibilidad del concepto mujer y detestan la inclusión de transexuales bajo su etiquetado, por permitírseles gozar a éstos el privilegio de una carta de naturaleza que según ellas no merecen.

Esas feministas  intransigentes son como los beatos católicos: tal y como éstos creen que el ser humano nace ineluctablemente en pecado, también ellas creen que el hombre nace en pecado (y en deuda) por el mero hecho de serlo.

Para ellas, exponer la perogrullada de que el machismo no siempre fue sólo cosa de hombres resulta tan eficaz como esgrimir un crucifijo ante un vampiro…

En una era en la que el particularismo sexual del individuo y su derecho a una vida plena y respetada trascienden el sexo con que nacemos, ya es momento de proponer un feminismo (es lo que hacen las responsables de Transfeminismos) orgánico y multiforme que combata por la entronización (una palabra casi tan horrorosa como “empoderamiento”) de esos particularismos, y que destroce el binomio hombre-mujer, asimilando todo el espectro de excepcionalidades y normalizándolas; y no contribuyendo a la imposición de una generalidad excluyente. De ahí el término “transfeminismo”, feliz condensación y trasposición de lo que ha representado en los últimos tiempos la cultura queer.

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Cabecera de la web del colectivo Hetaira, que lucha en favor de las trabajadores sexuales.

 

Todos putas

Así, entre una avalancha de neologismos que no entiendo ni dan ganas de entender (“prodespatologización”), el volumen empieza por bosquejar una historiografía del feminismo español reciente (condensada por Sandra Fernández y Aitzole Araneta) y se hace un esfuerzo por explorar sus vínculos con la evolución del movimiento previo y la validez actual de sus prerrogativas. Cristina Garaizabal propone un valiente ensayo (“Feminismos, sexualidades, trabajo sexual”) en el que historia los prejuicios feministas hacia la prostitución (“un sector pedía la prohibición de la pornografía por considerar que ésta sólo podía interesar a los hombres”… “hasta principios de los noventa, la posición mayoritaria en el feminismo era la consideración de la prostitución como una institución patriarcal que jugaba un papel privilegiado en la situación de opresión de las mujeres”); cómo ello cambió con la integración del transexualismo (“las personas trans nos hicieron replantearnos el sistema sexo/género”) y cómo ese replanteamiento de sexualidad y prostitución dio luz al Colectivo Hetaira: “(El feminismo) se había ido institucionalizando y simplificando ideológicamente. (…) Esta lucha por la igualdad se defendía, en ocasiones, en detrimento de la libertad (…). Estas posiciones reforzaban el binarismo de género, ya que se entendía que la sociedad estaba dividida en dos grupos homogéneos entre sí: mujeres y hombres, considerando a los hombres y su afán de dominio, los culpables –siempre y exclusivamente– de la situación de discriminación de las mujeres. Asimismo, era un feminismo que se dirigía, fundamentalmente, al sector mayoritario de mujeres de clase media o asalariadas, dejando de lado a aquellas otras minorías excluidas, que se mueven en los márgenes –como es el caso de las trabajadoras del sexo, entre otras–.”. La dignificación de las prostitutas y su importante papel en la lucha feminista es un objetivo primordial de Hetaira: “…El intento de abolir la prostitución, obligando a las prostitutas a dejar de serlo, reafirma el estigma que cae sobre ellas y refuerza la división entre mujeres ‘buenas’ y ‘malas’ mujeres…”.

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La célebre y saludable “marcha de las putas” (Foto de www.solucionpolitica.net)

Garaizabal coincide con lo que muchos proponen/proponemos desde hace años en diferentes puntos del mundo: “Subvertir el significado de la categoría ‘puta’, despojándola de sus contenidos patriarcales –mujeres ‘malas’, sin deseos propios, ‘objetos’ al servicio de los deseos sexuales masculinos– y reinvindicarla resaltando la capacidad de autoafirmación, de autonomía y de libertad que las trabajadoras sexuales tienen es un acto de afirmación feminista de primer orden”.

Otra aportación muy valiosa en este sentido es la de Verónika Arauzo y la transmisión de su experiencia como trabajadora sexual, poniendo sobre el tapete la prostitución masculina como el gran mercado que a nadie le interesa ver: “Construir un debate sobre el trabajo sexual que únicamente se replantee desde el sector femenino, perpetúa el estigma de la puta (…), el primer motivo creado para la represión contra la libertad sexual de la mujer, para someterla. Así como al hombre se le niega la exploración de su sexualidad (como su sexualidad anal)… (…) Entidades, asociaciones y ONG’S que consideran el ejercicio (de la prostitución) como una vejación de los derechos fundamentales y contra la moral de la mujer, no lo ven igual en relación a los hombres o a otras identidades”. Y termina con un dato significativo: “En países nórdicos (…) el trabajo sexual (…) se considera un ejercicio de respeto y parte de la estructura social y económica”.

Como remata Lucrecia Masson parafraseando a Laura Contrera, debemos “apropiarnos del insulto para salir del lugar de la herida”.

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El postporno de María Llopis (www.mariallopis.com)

 

El postporno no pone… ni falta que hace

Haciendo un chiste malo típicamente patriarco-paternalista y heterocéntricoespialidoso, se podría definir como “postporno” todo aquel porno que no la pone dura. Y es que de eso se trata precisamente: pornografía para estereotipos de heteros ya hay a mansalva.

Porque el postporno es necesario para abrir nuevas vías de sexualidad alternativas y consolidar un espíritu sano de exploración anti-tabú: “Partimos de un feminismo prosexo y de un sujeto político que va más allá de la categoría mujer. (…) Sabemos que con la pornografía nos están educando estratégicamente para perpetuar el heteropatriarcado, de forma que sólo nos queda subvertirla y generar imaginarios en los que se muestren otros cuerpos, otras prácticas, otra relacionalidad, otros afectos” (texto de Post-op).

O como se recoge en el artículo Cortaypegas y pantallazos de transfeminismo en (la) red de Ana Burgos y Yendéh R. Martínez: “…Se reguló nuestra forma de follar a partir del surgimiento de la industria del porno y la pedagogía heterohegemónica inscrita en ella. Pero ahí está el postporno. Ése es un potencial clave: el poder apropiarnos de esas herramientas, a priori tan disciplinadoras, y convertirlas en armas de defensa, ataque y libertad”.

Volviendo a Post-op: “El postporno es de las monstruas. El postporno es de monstruas empoderadas que muestran su sexualidad sin pudores ni tapujos, que muestran sus heridas de guerra, que muestran lo que la sociedad bienpensante les ha invitado a esconder. Muestran cuerpos que rompen con el sistema binario de sexo-género, con las categorías de orientación sexual, de normalidad corporal y de capacidad… y que no sólo buscan la excitación sexual, sino que buscan que esta excitación se produzca también a través del humor, la ironía y el discurso crítico”. ¡Bien por las monstruas!

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Un modo valiente y eficaz de luchar de facto contra una sociedad machista:
la foto de Aliaa Magda Elmahdy que combina armas, cuerpo, ofensa y reivindicación.

 

La culpa de todo es del capitalismo

Entre los razonamientos más ingenuos de ciertas contribuciones, que no se conforman con la integración de colectivos marginados a un mundo perpetuamente en construcción, sino que desean en el fondo la desintegración del mundo (y a veces se diría que también de esos colectivos), se halla aquí y allá la sempiterna vinculación de todos los males humanos al demonio del capitalismo: cuando el propio calificativo “humano” nos indica de dónde proceden en verdad esos males…

Vincular la “guerra” al capitalismo como si este sistema de vida la hubiese inventado y patentado es de bobxs y de idiotxs… Claro que el capitalismo ha perpetuado el patriarcado: ¡era lo que más le interesaba a nivel productivo! Por esa misma razón ha convertido a muchas mujeres en pseudohombres: las ha hombrificado porque estaban deseosas de convertirse en esclavas de la maquinaria, emulando a tantos varones desgraciados.

Así, Brot Bord denuncia con dureza la asimilación al sistema de la diferencia gay: “El ‘capitalismo rosa’ ha especulado con todos y cada uno de los seis colores de la bandera del arco iris, y se ha apropiado de nuestros discursos políticos mientras nos ha impuesto unos modelos únicos con los que ser y ejercer de lesbianas o gays”. ¿Con la connivencia de quién? me gustaría preguntarle al responsable/s de este texto firmado como colectivo. Porque no me creo eso que afirma de que “sólo se nos ha aceptado (¡y no quisimos nunca esa aceptación!) cuando hemos reportado un beneficio”. ¿Quiénes no quisisteis nunca esa aceptación? Curiosamente, yo conozco a unos cuantos y unas cuantas que sí la quisieron: de hecho, casi todos la quieren. Más allá del hecho de que no creo en que una persona pueda desvincularse de los beneficios del sistema por más que ladre contra el mismo…

Y, lo que es más importante todavía: ¿En nombre de quién se está hablando para hacer tal afirmación? A veces somos excepciones de género y no queremos verlo. Queremos creer que representamos a media Humanidad: yo, desde luego, poco tengo que ver con la mayoría de los hombres (si es que ése es MI género) y sus intereses (por suerte). En todo caso, representamos una diversidad: y así debe ser.

Eso sí, Brot Bord denuncia como es debido el machismo en las prácticas de colectivos gays masculinos que discriminan al sexo femenino en el negocio de la noche en España ante la asombrosa pasividad del resto de la sociedad. Pero la afirmación final de su texto (“El sistema siempre gana y nosotras siempre perdemos”) me parece, cuando menos, tendencioso.

Once again: ¿Quiénes somos “nosotras”? ¿Quiénes sois vosotras para adjudicaros la representatividad de todo un género? ¿Y para dar por sentado que “todas” queréis lo mismo?

Me parece fabuloso intentar cambiar el sistema o mejorarlo en el proceso: pero un poco de sentido común tampoco nos haría ningún daño. La necedad lo único que hace es legitimar la pura demagogia como único código aceptable de debate. Y por eso el nivel de debate político en España tiene el nivel bajo mínimos que tiene…

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Feminismo anticapitalista y mujeres conservadoras compartiendo el mismo imaginario icónico.
Fuente: twg2a.wordpress.com

 

¡Queremos cambiar aquello a lo que aspiramos a parecernos!

El sinsentido llega a su expresión total cuando convive el discurso anticapitalista más cliché con el típico complejo de inferioridad español y latinoamericano que pone como ejemplo a seguir… ¡los logros de los imperios capitalistas, de donde han heredado casi todos sus discursos y conceptos! Así, como ejemplifica Lucrecia Masson, “el mundo angloparlante lleva aproximadamente cuatro décadas de fat activism. En nuestras regiones no contamos aún con un activismo consolidado y feminista en torno a la gordura”. O sea, para lo que nos interesa despotricamos del capitalismo; y para lo que no, extrañamos la evolución del pensamiento y modernidad de los países capitalistas por antonomasia…

Rayante en el ridículo es el texto “Las relaciones de amor como proceso creativo revolucionario” de Bengala y Magnafranse cuando proponen un “acto de resistencia al dominio colonialista e imperialista anglófono” por el simple hecho de escribir meid in iuesei en lugar de made in USA: disculpen, pero, ¿por qué no inventamos nosotros conceptos nuevos en vez de adoptar los de nuestros amos imperialistas, cambiándoles cuatro detalles como si NO los hubiésemos copiado? Ah, perdón, ahora caigo, es verdad: nosotros no hemos inventado nunca ningún concepto nuevo…

El nivel de majadería de este testimonio dual llega a niveles espeluznantes cuando sus autoras culpan al capitalismo de glorificar ¡el consumo de heroína! O que hay “algo extremadamente conservador en el romanticismo del lado más salvaje de la vida. en buscar continuamente el exceso, el consumo, el placer, el límite”. La demonización del término “conservador” sirve aquí para autoexculparse por un pasado turbio: es decir, demoniza el individualismo bohemio para autoabsolverse por desear una estabilidad emocional y sentimental. Pero claro, sin admitir que querer la estabilidad sentimental es básicamente un deseo “conservador”. Porque el último párrafo es para mear y no echar gota, para morirse de la risa: “…Sabemos que podemos amarnos para siempre cruzando todas las transformaciones que necesitemos cruzar”. ¿”Amarse para siempre” no es un concepto romántico, conservador, heteropatriarcal, capitalista, trascendentalista, absolutamente pro-establishment? ¿No es conservador hasta la ilógica el mero término “siempre”?

Desde luego, “amarse para siempre” es más conservador que la heroína…


Todas bonobas: el feminismo sexista

Mientras muchos capítulos del libro apuntan en este sentido a un cuestionamiento de objetivos que sea menos reduccionista y parcial, está claro que subsiste un sector rabioso, parodiable de tan burdo e incluso paradójicamente retrógrada, que no quiere derogar la declaración de guerra al pene. Itziar Ziga es quien propone de modo más razonable y conciliador que el nuevo rumbo debe ser integrador y coherente con las viejas luchas (“no en oposición al resto de feministas, no dando por hecho arrogante e ignorantemente que el resto de feministas no son radicales y sí sectarias y biologicistas”)

Con todo, el artículo más absurdo y risible es Bonobo: una especie que puede inspirar la revolución, obra de la nazi de género Diana J. Torres. Típicamente sexista, está escrito como acto de fe desde la premisa de que la identidad “mujer” es una única y sola (como la “Una, grande y libre” franquista), una idealización estatuaria de un sexo que no puede albergar en su naturaleza defectos, zonas grises ni malos sentimientos; y que el matriarcado es un sistema perfecto e ideal absoluto al que hay que aspirar: principalmente porque al parecer está clarísimo y resulta indiscutible que la mujer (esa “mujer” intocable, irreprochable e incuestionable) es superior al hombre, aunque yo sospecho que en realidad esa hipótesis se da por sentada solamente por el hecho de que la autora del artículo es mujer y por eso quiere lo mejor para ella, en detrimento de quien sea diferente, y con la meta de convertirse en esa monolítica hembra de cartón piedra que propone como modelo. Y que además justifica todos los insultos a su supuesto antagonista eterno, que es la identidad “hombre”, concebida de modo tan simplista y repleta de prejuicios como la identidad “mujer” para un machista carpetovetónico.

Así como Diana J. Torres establece de modo implícito que la mujer es moralmente buena y el hombre malísimo, crea un paralelismo en nuestros ascendientes primates: los bonobos son buenísimos (por tanto, precedentes directos de la mujer) y los chimpancés más malos que la tiña (por tanto, los hombres ya tenemos en quién mirarnos).

Su disertación está trufada de los estereotipos de género más simplistas y adolescentes (“los hospitales, donde las mujeres son tratadas como absolutas inútiles por doctores con prisa por marcharse a casa, seguramente a engancharse al televisor”; “esto es lo que hacen los señores que estudian y analizan nuestra evolución, de forma intencional o no, son incapaces de pensar desde perspectivas no macho-centristas”); fascismo de género (“No es la propia especie a la que pertenezco en sí misma ese terrible error, sino el habernos dejado vencer por algo tan terrible como el patriarcado”); ingenuidades y generalizaciones pasmosas (“Si la especie bonobo fuera aceptada como humana, eso demostraría de alguna forma que nuestra especie era matriarcal por naturaleza y que nuestra sexualidad era nuestra mejor forma de comunicación, todo ello, claro, antes de que esta cagada del patriarcado hiciera acto de presencia para acabar llevándonos a la mierda gigantesca en la que estamos ahora metidxs, como sociedad, como especie, como seres vivos”; e insultos sin empacho (“(Eduard Punset) añade: ‘Son las hembras las que deciden en última instancia y somos muchos los que decimos que eso tendría que haber ocurrido con los humanos”. Gilipollas, claro que ocurrió (…), pero ustedes, los machos propietarios, acaparadores y necios se encargaron de destruirlo y nosotras no supimos o no pudimos defenderlo porque quien no cree en la violencia como forma de solucionar conflictos sencillamente no contempla esa posibilidad, no maneja esas armas”.

Torres proclama que la indiferencia histórica de la comunidad científica hacia los bonobos viene motivada por el tabú del incesto, dado que “mantienen sexo con sus crías” (los bonobos, no los científicos, que yo sepa). Asimismo, ansía un mundo construido sobre ese cariño femenino (si esto no es un estereotipo de género, que baje Dios y lo vea)… ¡pero no es que utilice mucho cariño en el proceso de convencernos, que digamos! Solamente estoy de acuerdo con ella en que la eyaculación femenina debería estar mucho más estudiada…

La aguerrida amazona termina con un grito de guerra de lo más masculino: “¡Devengamos bonobas!”. “De boba a bonoba”, podría ser el subtítulo de este artículo.

¿De verdad es éste un texto feminista o la parodia cruel de un descerebrado machista infiltrado, interpretando lo que él cree que es feminismo?

Que hable el arte

Otras voces del libro optan por las declaraciones de principios con ribetes creativos, transgresoras y honestas: “Nos reímos de todo, de nosotrxs mismxs… Nos repugna lo políticamente correcto. Parodiamos lo socialmente entendido como femenino y masculino. Cuestionamos la identidad de género que nos asignó el sistema, la exageramos, la ridiculizamos. Extremadamente sexuales, irónicas, sarcásticas, nos encanta la fiesta, no dormir si nos apetece, drogarnos si nos sale del coño, tanto para irnos con nuestrxs amigxs como para acabar un circuito o improvisar una jam noise ad infinitum. Nutridas por el pornoterrorismo y la cultura libre, sabemos sacar garras y dientes cuando hace falta”. Pechblenda.

El colectivo ideadestroyingmuros aporta un interesante texto poético que resume bien la rabia que mueve a escribir desde esta trinchera: “la rabia es una origine, tiene una origen, a veces tiene muchas. dos sobre todas: el coño de mi madre y el estado de las cosas. el carácter natural, o mejor normativo que los conecta.  mi madre y su sesso por qué no ha entendido el valor que tiene, la fuerza que tiene. mi rabia comienza en la infancia esta rabia sigue persistente interminable sin momentos de respiro. la rabia que vivo no se aplica a un individuo o a un sujeto. está hecha de singularidades con quienes la comparto, no tiene a que ver sólo con mi género”.

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Foto de la gran Beatriz Preciado por la gran Lydia Lunch.

El finalmente constructivo (aunque sea sobre deseadas cenizas del hoy) espíritu del libro está excelentemente condensado en el prólogo de Beatriz Preciado, mediante un contundente himno capaz de inflamar el mundo con la pureza de la razón: “Los gurús de izquierda de la vieja Europa colonial se obstinan en querer explicar a los activistas de los movimientos Occupy, del 15M, a las transfeministas del movimiento tullido-trans-puto-marico-bollero-intersex y postporn que no podemos hacer la revolución porque no tenemos una ideología. Dicen “una ideología” como mi madre decía “un marido”. No necesitamos ni ideología ni marido. Los transfeministas no necesitamos un marido porque no somos mujeres. Tampoco necesitamos ideología porque no somos un pueblo. Ni comunismo ni liberalismo. Ni la cantinela católico-musulmano-judía. Nosotros hablamos otras lenguas”.

Amén.

Gracias a Ana Bustinduy Amador de La Libre de Barranco por confiarme la lectura de este libro.

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).
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