Cholo soy y no me complazcas Viernes, 11 julio 2014

La XX Guerra Mundial de Fútbol llega a su final sin (casi) muertos

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).
El fútbol en tiempos de Franco

El fútbol en tiempos de Franco

En los años finales de la dictadura de Franco (denominada “tardofranquismo” porque el sangriento militar tardó mucho en ser derrocado… de hecho, no fue derrocado: murió dictador) era un lugar común del antifranquismo de salón decir que el fútbol lo había importado el “Generalísimo” para mantener a los pobrecitos españoles atolondrados y ajenos a la realidad intolerable de mi país. O sea, un opio del pueblo más barato.

Décadas después, el fútbol es todavía más popular en España (y en todo el mundo, incluido el Perú) que lo era en la época en que las calles de Madrid o Barcelona se llenaban de mujeres paseando junto a un hombre pegado a un transistor. El fútbol es, definitivamente, el deporte contemplativo más importante del planeta. Y cada vez estoy más convencido de que es también el mayor antídoto que existe contra las guerras, porque es una guerra pactada en base a una competición donde (casi) nunca hay muertos. De ahí que, sin gustarme ni ver el Mundial, desee que nunca tenga fin.

 

Hincha tu madre

Hace casi un cuarto de siglo empecé a trabajar como aprendiz de periodista al mismo tiempo que hacía la carrera: uno de esos trabajos fue el de redactor de Deportes en la emisora de mi pueblo, Radio Barberá, tras ser defenestrado de mi cargo como Editor de Informativos al acudir a entrevistar a mi alcalde con unos shorcitos jeans estilo Bruno avant la lettre, pantaloncitos que a mí me sentaban de maravilla pero que a él le sentaron pésimo nada más verlos…

Yo vestía así:

Bruno

Bruno2

Entre mis responsabilidades en mi nueva tarea de redactor deportivo estaba la de ayudar a transmitir los partidos de fútbol jugados por el equipo local, competidor en Segunda División A o B o qué sé yo. El comentarista estrella de las transmisiones de fútbol barberenses era un muchacho bonachón, hijo de emigrantes andaluces, con harto gracejo para aliñar verbalmente las evoluciones de un partido, un parroquiano “integrado” en la comunidad trabajadora que en seguida vio mi potencial como comentarista: o sea, un potencial nulo.

Ese mismo sábado al mediodía le ayudé a transmitir nuestro primer y último partido como tándem periodístico. A mí me colocó “a pie de campo”, con un aparatoso micrófono de mano en la manito, para ir revelando los detalles que él no podía distinguir desde su asiento de grada. Yo iba explicando lo bonita que se veía la camiseta del equipo rival, lo curioso de que fuesen exactamente once jugadores en cada bando, el patadón que le había propinado el delantero local al foráneo, lo iguales –iguales de primitivos– que aparentaban ser ambas hinchadas vociferando sus colores, los coloristas insultos que se intercambiaban los entrenadores desde sus respectivos banquillos… esa suerte de detalles importantes.

De pronto, habrían transcurrido treinta minutos de encuentro cuando el locutor me abordó de modo inesperado: “¡Cóóóóóórner para el equipo visitanteeeee! –y entonces–. Migoyaaaa, ¿cuántos saques de esquina llevamos contabilizaaaaados por parte de nuestros contrincanteeeees? Migoyaaaa…”.

El pobre hombre cometió el error de su vida. Un escalofrío helado recorrió mi espina dorsal y, mirando para todos lados, sólo atiné a balbucir, alargando las vocales como mi mentor deportivo:

–¡No teeeeeengo ni puñeteraaaa ideaaaaa!

Y es que ya me lo decía siempre mi mamá: “Hijo mío, nunca has sabido mentir”.

 

Bajas civiles

"Me alegro de que España haya sido eliminada"

“Me alegro de que España haya sido eliminada”

Allí acabó mi carrera como periodista deportivo y cualquier conato de interés por el fútbol en sí.

Veinticuatro años después, ya instalado en Lima, cada vez que alguien a quien recién me presentan averigua que soy de Barcelona, exclama la Trinidad de los lugares comunes: “¡Hincha! ¡Del! ¡Barza!”. Entonces, metódico, desmiento: “No. No me gusta el fútbol”. La conversación se trunca de inmediato, sin posibilidad de resurrección: es un partido cancelado nada más prorrumpir la pitada de inicio. Esa réplica, la verdad, me ha ahorrado muchas conversaciones engorrosas en los taxis. Los taxistas, por lo usual, enmudecen al escuchar mi aclaración y se limitan a darle más volumen a la retransmisión balompédica de turno.

Si el recién conocido, atónito muchas veces ante mi declaración de principios, inédita a sus oídos, pretende indagar más en los motivos de mi indiferencia ante un deporte del que mi país fue campeón del Mundial 2010 y ha sido barrido despiadada (pero justamente) de este otro Mundial, le explicaré de lo más pedante que el fútbol me parece un modo inocuo que han ingeniado los hombres para sublimar y desfogar sin incurrir en daños severos al prójimo sus ansias perennes de guerra y competitividad, ansias de las que yo no participo; y que, en todo caso, tengo cosas más interesantes en las que perder el tiempo.

En verdad no creo que un libro sea un fenómeno cualitativamente superior a un partido de fútbol, solamente porque confronte la cultura escrita a la deportiva: no me agrada el criticón que se siente investido de un complejo de superioridad y arenga a las masas desde un pedestal, convencido de su mayor sabiduría. El fútbol es una actividad bonita y podría ser considerado un arte sin demérito de las Artes Bellas. Simplemente, me gustan más los libros.

Brasil también fue eliminado

Brasil también fue eliminado

Deseo que se celebren muchos más Mundiales en el futuro y que la gente disfrute con ellos. Pero en el fondo, me alegra que España haya sido eliminada tan pronto en este Mundial: ahora los españoles tendremos que ocuparnos de nuestra crisis económica sin perder también el tiempo en sueños de opio…

Y lo mismo cuenta para Brasil. La realidad les estalló en la cara, causando varias bajas civiles y haciéndoles llorar a mares.

Como en una guerra.

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).