Cholo soy y no me complazcas Viernes, 9 mayo 2014

Las reprobables manías masculinas de Nadine Heredia

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

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Al igual que Vargas Llosa, yo también soy “nadinófilo”: dícese, obviamente, del fan incondicional de Nadine Heredia.

Pero, al contrario que le ocurre a él, el muy suertudo, yo nunca lograré que en la Primera Dama peruana “aflore una sonrisa cálida” cuando le pregunten por mí ni que, al recibir los merecidos parabienes del maestro, ronronee con regocijo de chancona: “Es mi fan, ¿no? Es mi fan…”. En mi caso, la Presidenta del Partido Nacionalista musitaría la misma frase pero aderezada seguramente con cierto rocío de hiel en la voz y un rictus de repulsión en sus bellas facciones, lo cual tampoco me desagradaría, por aquello del célebre “odio quiero más que indiferencia…”.

Daría lo que fuese por que Nadine se presentase a las elecciones del 2016 y las ganase: y aún más por nacionalizarme peruano y poder votar por ella, cosa que haría con los ojos cerrados visto el panorama de candidatos que se perfila hoy. Qué orgullo para los peruanos contar con un Presidente como Nadine, con todos sus pros y sus contras: la quiero así como es, con su inteligencia randiana, su hermosura bugsbunniana, su carisma jolieano, su luz mariana y su marisabidilla soberbia. Porque tal vez la soberbia no sea mala consejera política en un país donde a la mínima te hunden sin piedad antes por ingenuo que por malvado. Sólo peligra de verdad su imagen por un redomado afán de emular a Evita a evitar a largo plazo, si no quiere morir de gloria… aunque de momento no me preocupa demasiado porque no la veo rebajándose al populismo rastrero que ha llevado a otros países sudamericanos al precipicio suicida.

Los periodistas que cierran filas sobre un supuesto machismo en los ataques a Nadine, por otro lado, tienen parte de razón en su razonamiento, pero no toda: querer tenerla toda sería pecar del mismo sexismo que se ataca, extrapolando la explicación cierta de un conflicto (el machismo en la sociedad, y, por tanto, en los medios) a otro (la extralimitación en sus funciones de un cargo público) donde esa respuesta no encaja por completo. Pues claro que la pareja oficial del Presidente no puede injerirse impunemente en las labores presidenciales… Objetar que se le está reprochando esa injerencia sólo y exclusivamente por el hecho de ser mujer, es como pretender que ser mujer reporta un privilegio en la vida pública que la hace inatacable por cuestiones estrictamente éticas.

Obviamente el juicio personal siempre va a estar influido por mil variables casi inevitables, por resultar en gran medida involuntarias y en ocasiones imperceptibles para uno mismo: la subjetividad es como un traje que uno se olvida que lleva puesto (o ni siquiera lo sabe). Pero en cuestiones de valoración a una labor pública, hay que tratar de dar un paso atrás lo más honestamente posible para opinar con perspectiva y, como mínimo, a sabiendas de esa propia subjetividad: no se puede caer tampoco en el mismo error que los sexistas, por buenas que sean las intenciones, y juzgar a Nadine antes como mujer que como persona.

Y por ese hecho, secundario en la cosa pública, de ser mujer, perdonárselo todo. Incluso que opaque como ya opaca a su esposo… Porque, ay, cuántas veces y con qué furor le llamarían prepotente y machista a Ollanta si ocurriese justo al revés en caso de ser ella la Presidenta y él, Primer Caballero.

Eso sí, para que no se nos acuse de machistas a cualquiera que ose criticar ni un precioso pelo de la Presidenta en la sombra (más bien Presidenta a pleno sol), vamos a suponer que TODOS los defectos de Nadine son fruto de una perniciosa vena masculina que le palpita y recorre en sus momentos más desafortunados e infelices, como al Increíble Hulk la rabia que lo transforma: así, cualquier comportamiento inconveniente o irregular quedará justificado y a nadie le parecerá mal, ¿verdad? Convengamos simplemente en que sus meteduras de pata y excesos de ego en las respuestas a la interviú de la revista Cosas resultan la consecuencia lógica de un deleznable arranque de abominable masculinidad que a veces la nubla. Por tanto, cuando Nadine declare una impertinencia, ciertamente lo ha hecho llevada por un tic masculino; cuando cometa una torpeza protocolaria o error de juicio, también se habrá dejado arrastrar por ese inapropiado reverso masculino; cuando perpetre una actuación censurable, sin duda habrá sido mal aconsejada por su yang masculino…

Así los testigos (masculinos y femeninos) de su carrera política estaremos exentos de cualquier sospecha de haber incurrido en una conducta sesgada y tendenciosa para con su género, y los periodistas (femeninos y masculinos) podrán poner en tela de juicio a Nadine sin miedo a que los acusen de servir a una agenda oculta de mezquinos intereses misóginos.

O sea, para ejemplificarlo mejor: Nadine, eres maravillosa y te adoramos más que al aire limeño, pero cambia ya de perfume, porque esa rancia colonia para hombres con que te rocías de vez en cuando, sencillamente, no te sienta.

Aprovecha que tu esposo dejó de usarla hace meses: ya tardas en regalársela a Alan.

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).
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