Cholo soy y no me complazcas , tv Viernes, 24 marzo 2017

Starsky y Hutch: una amistad marcada por tragedias que nunca se veían en las series de TV

Hernán Migoya

Escritor español. Autor del best-seller "Todas putas" y guionista de “Plagio”, primera novela gráfica europea situada en el Perú. También es autor del ensayo erótico "50 peruanas de bandera", coguionista del biocómic "Señorita Laura" (Premio Luces 2015) y acaba de lanzar su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).
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Paul Michael ‘Starsky’ Glaser empujando la silla de ruedas de David ‘Hutch’ Soul. Imagen: www.dailymail.co.uk

Mi primer recuerdo de la serie de TV ‘Starsky y Hutch’ es de finales de 1976 o inicios de 1977, cuando compré un sobre de cromos y me salieron ambos personajes. De inmediato pensé: “¿Y estos dos quiénes coño son?”. Los cromos habían sido lanzados al mercado justo antes de que la serie se estrenase en España, yo debía de tener seis años.

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También recuerdo haber pensado que se podía ser un tipo duro y aun así llevar chaqueta de lana. Eso era una novedad para los chavales de la época. Como muchos otros en mi barrio, pensaba que la ropa de lana era para las chicas.

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Los dos personajes me caían bien, especialmente Starsky. Luego lo relacionaría siempre con ese tipo de judío voluntarioso, caballeroso y tranquilo, que transmite confianza, como también me sucede cuando veo a Sidney Pollack Leonard Berstein.

Pero quien me gustaba de veras por entonces era Huggy Bear, el chulesco informante interpretado por Antonio Fargas, una especie de Snoopy Dog de los 70, divertido y glamuroso. Creo que me caía bien porque me recordaba a mi ídolo musical de entonces, el cubano Antonio Machín (tienen la misma nariz), y por mi obsesión de infancia por ser negro. Y es que, como dice el propio Fargas, “blacks don’t crack”.

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Imagen: www.iloveoldschoolmusic.com

La serie en sí me parecía una tontería (llegó a durar cuatro temporadas), pero el coche de los protas nos gustaba a todos los niños, con ese rojo chillón y ese relámpago pintado. Y a mí me encantaba jugar con muñecos a emular series de acción, así que mis muñecos y cualquier coche que tuviera a mano eran a menudo los protagonistas de Starsky y Hutch o de Los hombres de Harrelson (“Swat“).

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Trayectorias dispersas

Ya en la década de los 80 seguí a salto de mata la trayectoria de los dos protagonistas: en 1985 me cagué de miedo viendo la miniserie Salem’s Lot, protagonizada por David Soul (Hutch) y, sin duda, una de las mejores adaptaciones realizadas del universo de Stephen King.

He tenido oportunidad de revisarla hace poco y el trabajo del director Tobe Hooper se mantiene asombrosamente efectivo teniendo en cuenta que manejaba un formato televisivo muy rígido en aquella época en términos de permisividad visual y expresiva (la serie fue rodada originalmente en 1979).

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David Soul con el mítico James Mason en una imagen promocional de Salem’s Lot. Imagen: www.sixdegreesmovies.com

Por su parte, a Paul Michael Glaser (Starsky) le perdí la pista como actor (en los 80 se dedicó básicamente a protagonizar telefilmes) y volví a reencontrármelo ya reciclado en director de cine.

Detrás de la cámara no pasaba de ser resultón (dirigió episodios de la propia serie que le diera fama, y algunos también de Miami Vice), pero logró algún fugaz momento de gloria dirigiendo a Arnold Schwarzenegger en uno de sus éxitos más tontos, el himno al kitsch y al descaro ochentero The Running Man (1987). Curiosamente, también basada en una novela de Stephen King…

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Imagen: www.pinterest.com

La tragedia sin límites

Mientras su trabajo profesional pasaba cada vez más desapercibido, las desgracias se cebarían en ambos sin que el público que les recordaba por la serie de los 70 fuese muy consciente de ello.

Por un lado, Paul Michael Glaser había iniciado una familia feliz con la profesora Elizabeth Meyer nada más arrancar la década de los 80. Ajena al sufrimiento que tendría que vivir, Meyer contrajo sin saberlo el virus del VIH en 1981, durante una transfusión de sangre, que transmitiría a su hija recién nacida, Ariel, al darle el pecho.

Cuatro años más tarde descubrieron que Ariel tenía sida y, tras los análisis pertinentes, que su hermano Jake también estaba contagiado desde el útero. La niña moriría en 1988 a los siete años de edad y la madre en 1994. Durante los últimos años de su vida, Elizabeth creó la fundación contra el sida que lleva su nombre y que lucha contra la propagación de la enfermedad entre los niños. Paul Michael sigue siendo presidente honorario de la organización.

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Elizabeth Meyer, junto a su esposo y su hija Ariel. Imagen: www.pinterest.com

Su hijo superviviente explica en este conmovedor artículo de 2011 cuáles fueron las últimas palabras de su madre:

Ciertamente mi vida no ha sido como esperaba. Pero aunque el mañana no se puede ya cambiar, mi hoy ha sido glorioso”.

Lean el artículo entero, resulta maravilloso y estremecedor recordar esa época en que todo el mundo creía que el sida se transmitía por el tacto o los besos… y la valentía de Elizabeth al no esconderse y declarar públicamente su enfermedad, causando que las amistades cercanas se alejaran aterrorizadas de la familia, así como su determinación a convertirse en activista pionera por la investigación, control y eliminación de la enfermedad.

Una de mis historias favoritas es la de mi madre en el escenario, mordiendo una galleta y tendiéndola luego a una amistad suya, quien a su vez le daba otro mordisco. El público respingaba de sorpresa al verlo”.

Aquí pueden leer también un artículo de 1989, un año después de la muerte de Ariel, en el que la familia Glaser explica su decisión de hacer pública su pesadilla diaria, ante la amenaza de unos periodistas hijoputas de exponer su dolor sin su permiso:

“Recurrimos al Enquirer. Les rogamos que no publicaran la historia, pero nos dijeron que tenía demasiado valor como noticia“.

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Elizabeth y Ariel. Imagen: www.pedaids.myplannedgift.org

¿Hasta qué punto puede afectar una desgracia así a cualquier persona? Resulta inimaginable, claro, hasta que no se pasa por ello.

Glaser salió del infierno con la certeza de que nunca se reunirá con su esposa y su hija, pero afirma que los percibe siempre a su lado. También explica que, tras un segundo matrimonio que terminó en agua de borrajas, prefiere la soledad: en este otro artículo se extiende sobre el particular, además de confirmar que se lleva fenomenal con David Soul y que le encanta fumar marihuana.

Desde el estrado público, Glaser se revelaba un esposo dedicado y hogareño, mientras que Soul demostraba ser un tipo lleno de demonios, enturbiado por el alcohol y las relaciones inestables…

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Paul Michael Glaser en 2013, caracterizado para su papel en la obra musical El violinista en el tejado. Imagen: www.dailymail.co.uk

El demonio en el alma

Pero mientras a Glaser el destino le golpeó sin pedirle permiso, David Soul fue el creador y único responsable de sus propias pesadillas: tal vez porque odiaba ser un “chico guapo”, o porque hubiese preferido obtener un reconocimiento masivo por su talento musical y no por una serie comercial ni por su buena planta, el caso es que no supo lidiar con la fama que le conllevó ser Hutch en la pequeña pantalla.

El alcohol fue el refugio que buscó el rubio actor de origen noruego… y la agresividad hacia su pareja de entonces fue el resultado. En los 80 se reveló que Soul había golpeado a su tercera esposa (ya va por la quinta), Patti Carnel, cuando estaba embarazada de siete meses de su segundo retoño:

Soul fue encarcelado por ello y condenado, a su salida, a asistir a un programa de rehabilitación para combatir su adicción al alcohol y lidiar con sus problemas de ira.

La pareja incluso volvió a convivir y tuvieron otro hijo. Soul hace aquí su descargo, pero en un personaje público resulta muy difícil descifrar dónde acaba la sinceridad y empieza el miedo a que sólo te conozcan por ser un maltratador. En 1986, finalmente, Patti y David se divorciaron.

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David, Patti y su bebé Brendan. Imagen: www.pinterest.com

Siguió una errática carrera profesional para Soul, que le llevaría a la ruina económica en algún momento y, parece ser, a un arrepentimiento ¿sincero? de sus pecados pasados.

Finalmente, aunque su salud luce bastante más deteriorada que la de su compañero, Soul asegura haber llegado también a cierta etapa de estabilidad y paz emocionales, en parte debido aparentemente a su matrimonio con la británica Helen Snell, razón por la que afirma haberse quedado a vivir en Londres y haberse nacionalizado hijo de la Gran Bretaña.

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Imagen: www.famousfix.com

Paz de espíritu

Y ahora, hace unos días, volvemos a reencontrar a “Starsky” y “Hutch” en esa conmovedora imagen de Glaser empujando la silla de ruedas de su compañero. Todo al hilo de una reunión organizada por la Liverpool Comic Con a la que también acudió la tercera estrella de la serie, Antonio Fargas.

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40 años separan estas imágenes: en el paso de la ficción a la realidad, los papeles se invierten irónicamente. Imágenes: www.pinterest.com y www.dailymail.com)

La reunión fue un canto a la nostalgia colectiva y los tres actores reafirmaron su amistad de cuatro décadas. 

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Una de las (risas) instantáneas de su última reunión. Imagen: www.liverpoolecho.co.uk

Los tres parecen genuinamente contentos de reaparecer en los medios como el trío mediático que fueron, especialmente Paul Michael Glaser, quien hasta encontró el ánimo para flirtear a sus 73 años con la risueña presentadora de un magazine británico.

Todo un pedazo de la memoria setentera sigue viva y coleando.

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Imagen: www.mirror.co.uk

Hernán Migoya

Escritor español. Autor del best-seller "Todas putas" y guionista de “Plagio”, primera novela gráfica europea situada en el Perú. También es autor del ensayo erótico "50 peruanas de bandera", coguionista del biocómic "Señorita Laura" (Premio Luces 2015) y acaba de lanzar su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).