Cholo soy y no me complazcas , tv Viernes, 26 septiembre 2014

“Construyendo esperanza”, explotando miseria: Brad Pizza, el Mesías de los misios

Hernán Migoya

Escritor español. Autor del best-seller "Todas putas" y guionista de “Plagio”, primera novela gráfica europea situada en el Perú. También es autor del ensayo erótico "50 peruanas de bandera", coguionista del biocómic "Señorita Laura" (Premio Luces 2015) y acaba de lanzar su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

Nunca en mi vida había visto un programa que explotase con tanto descaro la miseria ajena para promover el autobombo de su impulsor.

Vive para servirme.

Mauricio Díez Canseco se da baños de pobreza como otros se dan un baño matutino para desentumecer el cuerpo y sentirse encantado de conocerse.

Al principio, cuando empecé a ver su programa Construyendo esperanza (Panamericana TV), me pensaba que Brad Pizza era un narcotraficante colombiano escapado de El cartel de los sapos que se había hecho reconstruir la cara para dar esquinazo a la DEA, perdiéndose por los pueblos invadidos con la intención de pasar desapercibido ante las autoridades en una nueva vida de perfil más que bajo… meta que con su estrafalario atuendo no lograba cumplir, obviamente.

Abrazo 1

El Salvador ha llegado.

Luego me contaron que no, que no era un narco, sino el próspero propietario de una cadena de restaurantes llamada Rústica, donde actúan unas nada rústicas chicas, tan retocadas como él. Lo que no entiendo es esta frase que suelta en un momento dado ante la cámara: “Yo siempre he pensado que la imagen personal es importantísima”. Francamente, sigo desconcertado con esta declaración. Me imagino que encierra una gran ironía que en mi simpleza no alcanzo a aprehender.

El programa exporta su propio mantra: “Fe, Actitud, Entrega, Lucha, Pasión, Compromiso, Ánimo, Trabajo, Positivo, Ganas, Éxito”. Y un lema que parece sacado del Libro de Estilo de un criado maltratado y sin derecho a contrato: “Si no vives para servir, no sirves para vivir”.

He podido soportar dos entregas antes de ceder a la náusea de su sensacionalismo y verme obligado a cortar su transmisión. Pero a veces hay que obligarse a mirar estos programas para comprobar de primera mano con qué tipo de populismo nos tenemos que enfrentar.

Abrazo 3

¿Cómo convencer a gentes sencillas que han sufrido o sufren un montón de penurias de que ese hombre les está manipulando para proyectar una imagen suya de nuevo Mesías, salvador de los pobres, venido del empresariado “exitoso” con la única misión aparente de concederles el milagro de una vida digna?

Abrazo 4

Construyendo esperanza airea durante casi una hora un montón de inmundicia cotidiana para luego insertar a SuperBrad arreglándola con su varita mágica y la alianza de los politicuchos de turno, a los que les debería producir vergüenza prestarse a participar en un circo de tal magnitud oportunista.

Alcaldes felices del baño de multitud gratis.

Alcaldes felices del baño de multitud gratis.

El modus operandi de cada programa es de ver para creer: primero, Brad Tepes visita la casa de la familia escogida por su coyuntura lastimera. Cuanto más mísera y depauperada la vivienda, mejor. Así nuestro héroe puede revolver entre la pobreza doméstica ajena, mostrarla bien a cámara y musitar con énfasis piadoso: “Increíble…”. O “a esto le llamas tú un techo…”, mientras prosigue a la husma de detritus en casa de una recicladora que no sabe que le ha abierto sus puertas a unas aves de rapiña.

Tras su acecho del despojo en los hogares de sus víctimas, nuestro adalid no se conforma y acto seguido se emplea a fondo en recolectar también sus lágrimas, obligando a sus anfitriones a enumerar ante la cámara un recuento de infortunios y vicisitudes que, obviamente, no pueden dejar indiferente a nadie. Cuando ya nos ha hecho llorar a mares y, lo más importante, ha hecho llorar a los protagonistas lo requerido, se lanza a la Fase 3 de su grosero repertorio: el tremebundo Momento Abrazo.

Abrazaos a mí, hermanos.

Abrazaos a mí, hermanos.

Brad Pizza desborda una  increíble predisposición y una sobrehumana disponibilidad a dejarse abrazar por todos: cuanto más pobre se vea la persona abordada, más buscará su abrazo. Es Cristo reencarnado (en un cuerpo un poco menos idealizado que el original, todo hay que decirlo) abrazando a todo Cristo; a diestro y (muy) siniestro; soltando rollos emotivos mientras se deja apachurrar los suyos; regodeándose en el llanto de sus abrazadores y dándoselas de benefactor de la humanidad, al tiempo que recita mesiánico: “Te ganarás el sol con el sudor de tu frente”. Esto último no es una exageración: es literal.

Cuando ya se ha revolcado lo estipulado en el padecimiento ajeno con la conchabanza de insufribles subrayados musicales, obscenos por su obviedad, el Redentor se seca los ojos y saca a relucir por fin su condición de milagrero: promete acabar con la infelicidad de la familia. Y lo hace, a lo grande. Para ello cuenta con la connivencia del alcalde del territorio incursionado.

El Coelho peruano...

El Coelho peruano…

Así, primero echa abajo la choza maldita con toda la espectacularidad que pueda acaparar: “Destruyendo la pobreza de la Familia Quiñones”, reza un titular de ese segmento forjado a ritmo de apisonadora. Y después recibe el socorro del mentado alcalde o subalterno afín, rebautizado como “socio”, quien aparece ipso facto a su llamado con una sonrisa de oreja a oreja, encabezando una marcha de vecinos exultantes. Brad Pizza no le aborda con espíritu crítico ni se le ocurre cuestionarle o reclamarle, espetándole el reproche que en un testigo objetivo sería la reacción más natural: “¡Conchaetumadre, ¿cómo es posible que esta gente se esté muriendo en vida y tú no hayas hecho ni mierda para sacarlos del agujero?!”. No, qué va, todo lo contrario: choca los cinco con el politiquero y le llama “hermano” o le asegura que tiene “un gran corazón solidario”.

Llora más.

Llora más.

El show es como una de esas masivas demostraciones de caridad y movilización popular que hacían los caciques de antaño, cuando la democracia era un concepto por inventar. Mientras el alcalde se ocupa de construir la nueva casa en tres días (cómo se puede construir una casa sólida en tres días es algo que dudo poder comprender nunca), Brad, como nuevo Hijo de Dios, se lleva a la familia a caminar sobre el agua: en este caso, los escolta a un balneario y se vuelca en tratarlos a cuerpo de rey. Se convierte en su animador personal: juega con los niños, le mece la hamaca a los abuelos. Sólo le faltó robarle el uniforme a Santo el Enmascarado de Plata, y mito habemus.

¿Cuál es el verdadero objetivo de Brad Pizza? ¿Quiere postular a alcalde y convertirse en el próximo Carlos Burgos? ¿Qué logrará antes, meterse a congresista o postular como oponente de Batman?

Rocky Balboa, una fuente de inspiración para la página oficial de FB de Construyendo Esperanza.

Rocky Balboa, una fuente de inspiración para la página oficial de FB de Construyendo Esperanza.

Me alegra mucho que esas familias elegidas a dedo por el peso de sus tragedias mejoren sus vidas; me entristece horrores que “vivan para servir” a los planes de un vampiro.

Hernán Migoya

Escritor español. Autor del best-seller "Todas putas" y guionista de “Plagio”, primera novela gráfica europea situada en el Perú. También es autor del ensayo erótico "50 peruanas de bandera", coguionista del biocómic "Señorita Laura" (Premio Luces 2015) y acaba de lanzar su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).