Cholo soy y no me complazcas , noticias Viernes, 6 enero 2017

¡Vivan los baños en las piletas! Cómo gracias a una plaza líquida perdí mi virginidad

Hernán Migoya

Escritor español. Autor del best-seller "Todas putas" y guionista de “Plagio”, primera novela gráfica europea situada en el Perú. También es autor del ensayo erótico "50 peruanas de bandera", coguionista del biocómic "Señorita Laura" (Premio Luces 2015) y acaba de lanzar su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

Estoy al 100% a favor de que se permita a la ciudadanía bañarse en las piletas públicas, a ser posible todos desnudos y sonrientes. ¡Cómo no voy a estarlo! Yo perdí la virginidad gracias a una plaza líquida…

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Tenía 19 años y era más tímido que las ratas. Me sentía incapaz de acercarme a ninguna chica, las consideraba diosas inalcanzables. Me pasaba la vida mirándolas, pero si alguna realizaba el esfuerzo de acercarse a mí, me resultaba imposible musitarle una sola palabra o entablar una conversación. Si entonces se hubiese penado con la cárcel mirar a las chicas más de 14 segundos, yo en la India me hubiese pasado toda la adolescencia entre rejas.

1. ¡Vive la France!

A los 19 años seguía virgen, como María: veía una chica y tartamudeaba, me sentía más tonto que Abundio. De hecho, escogí meterme a la carrera de Periodismo para salir un poco de mí mismo y mis amados libros: yo iba destinado a estudiar Filología, pero estoy convencido de que haber seguido rodeado de volúmenes impresos en lugar de personas me hubiese llevado al suicidio. Por suerte, en 1991 se hizo la luz: mis amigos de primaria, ese año ya estudiantes universitarios como yo, me invitaron a un viaje en Interraíl, una oferta asequible para que los jóvenes europeos puedan recorrer toda Europa tomando sus trenes en modo mochilero.

Mis amigos (dos chicos y dos chicas) eran personas normales: cuando llegaban a un lugar, visitaban sus monumentos y sus museos. Yo no, yo me dedicaba a pasear y mirar a los lugareños, para empaparme de la atmósfera local. En París, por ejemplo, los cuatro subieron a la Torre Eiffel mientras me quedaba echando la siesta abajo, en el césped… Después, cuando mis amigos bajaron de ese esperpento de hierro, nos fuimos a una plaza líquida cercana, la de Trocadero: nos sorprendió que la gente se estuviera bañando en la pileta con la mayor naturalidad, así que nosotros también lo hicimos.

No sé cómo, yo acabé sentado en el borde, mirando (siempre mirando) a la gente refrescándose: me llamó la atención una chica preciosa y nuestras miradas se enredaron. Iba acompañada de otros chicos y chicas y al minuto iniciaron entre ellos los susurros al oído y las sonrisas traviesas, señalando en mi dirección. Algunos se acercaron y empezaron a salpicarme adrede, como una invitación tácita y juguetona a unirme al grupo. De algún modo, superé el miedo de la timidez y me incorporé ellos, todos bañándonos juntos. Los chicos eran parisinos y me dieron conversación en rudimentario inglés. Pronto propiciaron que la chica y yo nos quedáramos en un aparte escénico, juntos en el agua.

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El lugar de mi primer idilio. Imagen: www.bbc.com.uk

2. La hermosa Martine

Yo no tenía idea de hablar francés y ella no tenía idea de hablar inglés. Pero de algún modo nos entendimos y conectamos. Con hojas de mi diario personal le fui escribiendo datos míos y mi información básica, y ella la suya: se llamaba Martine (¡como mi madre!), tenía 16 años y era de origen senegalés. Era la chica más bonita con la que podía haber soñado trabar amistad en aquellas circunstancias.

Nos pasamos dos horas hablando sin entendernos en la pileta, ella en bikini y yo en calzoncillos.

Terminamos dándonos nuestras direcciones y teléfonos. Sentía tener que irme con mis amigos a la mañana siguiente, creo que a Holanda… Pero prometí escribirle o llamarla en breve.

En aquella época yo todo lo romantificaba. Durante los siguientes días me pasé pensando en Martine todo el viaje a través de los países que deseábamos visitar. Bueno, lo deseaban mis amigos: yo solamente quería volver a verla a ella. Un día la llamé pero se puso un señor a gritarme en francés: imagino que era su padre. Me asusté y colgué.

Eso no me disuadió: otro día, me harté de tanto museo y tanto monumento de mierda. Les dije a mis amigos que me volvía a París, ¡donde había encontrado el amor! Como eran amigos de verdad, lo entendieron. Tomé un tren y regresé a la capital del romance.

La localicé por fin al teléfono y nos citamos esa misma tarde. Nos vimos cada uno de los pocos días que me quedaban por estar allí. Invariablemente, yo la tomaba de la mano y trataba de chapurrear “Je t’aime” y de explicarle lo hermosa que era. ¡Me sentía tan feliz! Aquella chica era maravillosa ¡y me daba bola!

El último día de mi estadía nos encontramos en Trocadero, para hacerlo más especial: le cogí la mano y empecé a suspirar como enamorado de Disney. No duramos mucho así: ella empezó a tirar de mi mano aferrada, yo no sabía por qué. Parecía que me quería llevar a algún sitio. Llegamos a un parque con unas galerías interiores, unas catacumbas prácticamente abandonadas. Nos topamos algún que otro sintecho con suelo, espatarrado en tierra durmiendo la mona. Cuando consideró que estábamos a salvo de cualquier mirada o intromisión, en un recodo intrincado, Martine me bajó los pantalones, me masturbó y, tras colocarme un condón, follamos como pudimos.

No fue un acto sexual sublime: fue el primero para mí y los nervios mandaban. Pero fue bonito. Ella tenía mucha más experiencia que yo. Terminamos y salimos de allá. Luego trató de corresponder a mi romanticismo previo con las mismas dosis de melosidad. Pero yo estaba traumatizado por lo directo de su enfoque previo. ¡Martine había arrancado mi flor sin miramientos!

Todavía recuerdo cómo la miré mientras me alejaba para siempre…

Nunca más la he vuelto a ver. Mantuvimos el contacto unos meses por carta, pero yo no entendía un pimiento de lo que ella me escribía ni ella lo que yo trataba de decirle. Solo sé una cosa: siempre le estaré agradecido a esa pileta de Trocadero porque ayudó a que dos personas de países y lenguas distintos pudieran acercarse y vivir ilusionados su primer amor (bueno, por la seguridad con que se comportaba, ella ya parecía que fuese su segundo o tercero…). Recuerdo que en mi última carta le escribí esta despedida: “Siempre nos quedará la pileta”. O sea: “Toujours nous restará le pilette”.

A veces fantaseo con volver a París y buscarla en la pileta de Trocadero, por si está allí bañándose.

Supongo que esta vez podríamos permitirnos un hotel…

Hernán Migoya

Escritor español. Autor del best-seller "Todas putas" y guionista de “Plagio”, primera novela gráfica europea situada en el Perú. También es autor del ensayo erótico "50 peruanas de bandera", coguionista del biocómic "Señorita Laura" (Premio Luces 2015) y acaba de lanzar su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).