Cholo soy y no me complazcas , noticias Martes, 9 febrero 2016

El bullying puede hacerte perder la fe en el ser humano cuando aún eres un niño

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

Hace poco comprendí que en mi infancia yo también había sido víctima de acoso por los matones del colegio y del barrio. Ahora se llama “bullying”, antes se llamaba “así es la vida, chaval.”

Hacia los doce años organicé en el parque frente a mi casa un partido de béisbol. El niño que poseía el inmenso tesoro que suponía una pelota de tenis, era el organizador del juego y seleccionaba sus integrantes. Cada cual que podía aportaba algún bate de confección casera, el mío me lo había tallado mi abuelo y era rectangular. Éramos dos equipos improvisados de ocho o diez chavalines en total.

Entonces apareció el chulo del vecindario. Tenía un año más que nosotros, pero aparentaba llevarnos cinco: grandote, fuerte y bruto como él solo, nos sacaba una cabeza y varios bíceps. Todos nos echamos a temblar, porque cada vez que él se metía en un juego, lo echaba a perder: no tardaba en imponer su ley y sus reglas y obviamente ganaba siempre porque nadie se atrevía a cuestionar su método a riesgo de recibir un sopapo o esa mirada de asesino con la que nos sometía a todos.

Imagen referencial Vía: royan.becharin.com

Imagen referencial
Vía: royan.becharin.com

Yo era el empollón (chancón) oficial en su clase, así que me tenía especial tirria, porque me rebelaba contra su opresión y la de su pandilla de “abusicas”, como decíamos entonces. Pero solamente me atrevía a llegar hasta el enfrentamiento verbal. Cuando se me acercaba y apretaba los puños, me veía obligado a recular, tembloroso, y finalmente volvía a refugiar mi cobardía en los libros. Por lo usual, el resto de la clase agachaba la cabeza desde un principio.

Ese mediodía apareció en el parque todo garboso y chulesco, como de costumbre, y se autoinvitó al partido: “¡Venga, con quién voy!”, proclamó más que preguntó. Me adelanté en el grupo y expuse claramente mi consigna tratando de que no me temblara la voz, tratando de que no me temblara nada: “No… no puedes jugar.”

Recuerdo que me miró como a un insecto exótico pero inofensivo, de esos que uno contempla extrañado y casi divertido, un segundo antes de aplastarlo con la suela del zapato.
-¿Quién dice que no puedo jugar? ¿Tú?
-Sí, yo mando en el juego y no quiero que entres.
-¿La pelota de quién es?
-La pelota es mía y por eso decido.

Esta vez retrocedió él. Por un momento creí que le vencería. Se revolvió indeciso, como un líder de la manada que no quiere dar abiertas muestras de abuso frontal ni tampoco de debilidad ante los demás: realmente nadie le quitaba ojo de encima, aguardando su reacción, temiendo una confrontación física.

Sus ojos nos repasaron con desprecio y finalmente se posaron en algo sobre el suelo. Una luz triunfal asomó a ellos. Se agachó y agarró con su manaza lo que había visto en tierra.

-¿Esta pelota de quién es?

El Rafa o el Morcu o el Chumi tardó en contestar. Quienquiera que fuese el humilde propietario debió agachar la cabeza, como terminábamos haciendo todos, antes de musitar:
-M-mía.

Lo que sí recuerdo claramente es la celeridad con que el matón se apropió entonces de la escena y nos anunció su victoria, recuperando su aplomo impune de gamberro barriobajero.

Señaló al dueño de la pelota y dictaminó sin pausa ni vacilación:
-Vale, pues jugamos con tu pelota. Hay suficientes bates. Ahora organizo el juego yo.

Nunca olvidaré cómo se volvió hacia mí y me gritó:
-¡Y ahora tú no juegas! ¡TE VAS A LA MIERDA!

Miré a los demás, a mis amigos y compañeros, todos bajaron los ojos y callaron. Seguro que enrojecí de rabia, tal vez se me saltaron las lágrimas. Era lo de siempre. Nadie movió un dedo.

Recogí mi bate, mi pelota y mi humillación del suelo y me fui a casa. Desde la ventana de la salita podía verlos jugar el nuevo partido y los odié a todos.

A él, al que menos.

Can Planas Barberá del Vallés

Colegio público Can Planas de Barberá del Vallés, en el “cono” de Barcelona: el colegio de toda mi infancia, donde hice los amigos más queridos y los enemigos más aterradores. (Foto: http://tdienginyers.com/es/proyectos/)

Tags

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).