Cholo soy y no me complazcas , Lima , literatura , noticias Viernes, 29 enero 2016

Este libro compendia las puñaladas que se asestan históricamente muchísimos escritores peruanos

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

Navajeros de la palabra: este libro compendia las puñaladas que se asestan históricamente algunos (muchísimos) escritores peruanos

-¡Bienvenido al Perú!

Así de sarcásticos me responden mis amigos escritores peruanos cada vez que les confieso mi extrañeza ante el odio virulento con que algunos colegas expresan en público su animadversión unos de otros o frente al hecho de que los nominados a un premio cultural no solamente no se saluden con caballerosidad y deseen la mejor de las suertes entre sí por un mínimo sentido de profesionalidad, sino que se insulten con malicia y sin empacho en las redes, dando rienda suelta a los más zafios, rastreros e irracionales instintos. ¿Éstos son los artistas e intelectuales de altura que luego se ríen de las bajezas y sensacionalismos publicados por la prensa chicha? La prensa chicha sería el más fiel reflejo de sus vidas y sentimientos… 

En vez de artistas parecen navajeros de mi barrio catalán.

En todos sitios cuecen habas, contesto yo a mis amigos, conocedor de algunas fuertes y sangrantes polémicas españolas. Lo cierto es que en solamente unos meses han aparecido dos libros, uno de ficción y otro de no, que resultan un buen acercamiento a este panorama de acoso y derribo entre espadachines y/o matarifes de la pluma: el primero es el libro de cuentos Adormecer a los felices (editado por Planeta Perú), un feliz volumen de Diego Trelles Paz; el segundo, recién lanzado a la venta, el ensayo Asociación Ilícita (editado por Animal de Invierno), ingente inventario de fundadas infamias pacientemente estructurado por Leonardo Aguirre.

Adormecer a los felices

Foto: Captura Adormecer a los felices

Los trallazos de Treyes 

Algunos amigos míos del entorno literario limeño tuercen el gesto al escuchar el nombre de Diego Trelles. Sin embargo, personalmente creo que es un buen escritor y que hace gala de una actitud ambiciosa que le llevará por buen camino. No entiendo por qué todos sus personajes, sean sicarios resueltos o niñas repipis, están tan obsesionados con ser a su vez escritores dentro de sus propias ficciones, pero aparte de ese detalle, me parece un excelente narrador y un surfista del lenguaje. De hecho, he disfrutado muchísimo su Adormecer a los felices.

Entre los cuentos de este libro escrito con frescura y el desparpajo de quien cree que solamente está compilando las caras B de su trayectoria, se incluye un cuando menos valiente retablo literario titulado Los farsantes que aporta un retrato hilarante de la “minoría desprotegida” que conforman los poetas limeños. Me extraña que no haya causado más conmoción en el panorama local, porque expone sin tapujos y con acertado timbre tragicómico las soledades de ese tipo de poetas que sólo se conocen entre ellos y cuyos únicos lectores son sus directos enemigos, así como pincela un retrato tipo de esos editores “independientes” que estafan cada vez que elogian un manuscrito.

Los farsantes cumple su cometido, que es hacer reír hasta el llanto en base a una excelente prosa paródica. Y encima constata la tesis de Asociación ilícita: “El mundo de los escritores, amigos, es más brutal que el del fútbol, no me queda duda. Hasta hay uno, un tal Washington Smith que ni me conoce ni lo conozco y se pasa la vida asegurándole a todo Lima que yo soy gay”.

CY4JJ2fWwAE0hOP

Foto: Captura Asociación Ilícita

Aguirre o la cólera sin Dios

“Buen olfato para la insidia”, apunta Fernando Ampuero en la contratapa de Asociación ilícita, mediante un texto promocional que ya quisiera para sí Coelho y que ensalza la ardua tarea llevada a cabo por el crítico y escritor Leonardo Aguirre. Desconozco si las motivaciones de Aguirre a la hora de confeccionar este libro son nobles o impías, pero desde luego el laborioso y pulcro resultado de su empresa y la suicida disposición del cronista a ponerse en el ojo del huracán justifican hasta el más mezquino de los objetivos y vendettas: Asociación ilícita es una iniciativa lícita.

El autor ha partido sus decapitaciones en veinticinco acápites y, renunciando al clasicista y engorroso (y siempre manipulable en alguna medida) método de la fabulación pretendidamente objetiva de los hechos, se acoge a un limpio inventario de maledicencias, maldades y hasta atrocidades por terceros, sustentado siempre en generosas notas al pie, que a veces repite como leitmotif para insertar su propia ironía por delegación e inercia: el leitmotif y la repetición de datos a modo de sampleados es, paradójicamente, su medio de imprimir autoría. Y su opinión.

Y, como un psicópata de método higiénico e implacable, pone en marcha una maquinaria perfecta de despanzurre y deja que sus sujetos de estudio se ahorquen solos, al consignar cual cirujano de tumores de letras sus bajas acciones, turbias apropiaciones o insultos inmundos: insisto, el método valida la meta.

Palma

Clemente Palma: una persona muy racista pese a su sangre afroamericana… y un gran autor, como constata la recopilación de su escasa obra de ficción. Foto: Captura

Maestros del cuchilleo y el golpe bajo

El libro se abre y cierra con crónica negra y criminal, protagonizada por “Abismael” González y Giuliana Llamoja y sus respectivas incursiones literarias; pero más placer proporcionan, al menos en lo personal, los retratos que se coligen de mitos de ayer y hoy de las letras: el hincapié en sus ruindades a los más los humaniza y a los menos los desacredita como personas para un trato cercano, jamás como artistas (hablo de los artistas que a mí me entusiasman, que son los que me importan).

Así, me alegra mucho que Aguirre se ocupe de escritores que admiro enormemente, como Abraham Valdelomar y Clemente Palma, en mi opinión merecedores de mayor aprecio internacional. Que los dos fuesen racistas con otros y con ellos mismos ciertamente supone un grave delito civil, pero lamentablemente en su tiempo era lo común: hoy campan a sus anchas unos cuantos como ellos y la escena gremial los respeta por el peor de los motivos, el “decoro”, lo que sí me parece digno de poner el pito en el cielo.

Aparte de ese racismo nacido del autodesprecio, lo que me apena de Palma Jr. es el acomplejamiento que le llevó a humillarse ante Miguel de Unamuno para obtener un prólogo del vasco a sus Cuentos malévolos (como confiesa a Palma Sr.:“Me conviene dedicar  algunos (cuentos) a los escritores de España más notables para ver si alguno de ellos le hace un poco de bombo a mi librito. Si no me hacen caso (…), siempre el ir el nombre de ellos junto a mis cuentos servirá en Lima para que crean en que ha existido más estrecha relación entre ellos y yo”… y como se deduce de su carta al propio Unamuno: “¿Quiere usted, señor de Unamuno, tener la amabilidad de honrar mi librito titulado Cuentos malévolos del que le adjunto los pliegos con un prologuito, cartita literaria, juicio rápido o lo que sea? (…) Quedo esperando sus órdenes suscribiéndome su admirador y servidor adicto que le besa la mano”).

Y todo para que Unamuno improvise un prólogo deleznable donde demuestra un narcisismo insufrible, dedicándose a hablar únicamente de sí mismo y ninguneando a su prologado: incluso reprochándole, las pocas veces que lo menta, su paganismo y lo mal cristiano que demuestra ser al escribir tales cuentos…

Conclusión: no cambio yo los Cuentos malévolos por obra alguna de Unamuno.

albeto hidalgo

Mefistofélico y leniniano: Alberto Hidalgo. Foto: vía http://latorredelasparadojas.blogspot.pe/)

De entre los autores que no conocía, me ha fascinado el episodio consagrado a Alberto Hidalgo, capaz de acuñar esta hermosa declaración de principios: “Yo soy un iconoclasta. Los ídolos me revientan. Me gustaría, mientras los demás se prosternan, poder romper a pedradas la cabeza de Dios”; capaz asimismo de acusar de pederastia a Haya de la Torre sin que se le mueva un pelo. Y también me conquista el espacio otorgado a César Calvo, jugador de la palabra y la apostura (que no impostura, a tenor de los testimonios), de quien ardo en deseos de leer algún libro que haya firmado con su propio nombre.

En cuanto a rivalidades históricas, como la de Jaime Bayly y Beto Ortiz, Asociación ilícita sólo me confirma lo que ya había deducido por los libros de ambos: que Ortiz es mejor escritor y Bayly un personaje insuperable.

Ah, y cuánto me alegra no haber conocido a Julio Ramón Ribeyro para poder disfrutar sus cuentos sin interferencias mundanas…

Nadie lee

Respecto a la constatación de flagrantes plagios probados que también concreta Aguirre con sus mil fuentes y afluentes, lo único que tengo claro y me preocupa es que nadie lee realmente y el prestigio lo es todo. La primera vez que estuve en Lima, en 2005, se me ocurrió abrir un diario y hojear un artículo sobre cine a página entera, firmado por un aclamado escritor limeño. El artículo era una nimiedad, una retahíla de obviedades y lugares comunes, y además parecía cortado al azar y concluido por accidente. “Como escritor será muy bueno: como articulista es un desastre”. Años más tarde se supo que era un artículo plagiado. ¿Nadie en el diario que lo acogió se dio cuenta de la inconsistencia que se estaba dando por válida? ¿Ningún admirador del escritor cayó en la cuenta de que aquello no cuadraba con el aclamado estilo de su ídolo?

Con esto queda demostrado que el refrán más cierto para un artista es el de “cría fama y échate a dormir”. Nadie se atreverá a cuestionarte, antes al contrario, te saldrán espontáneos heraldos por doquier…

Y, a corta distancia, algún que otro navajero.

Leonardo Aguirre

Leonardo Aguirre preparándose para lo que se le viene encima. Retrato: Kattya Lázaro para la solapa del volumen de Asociación Ilícita.

PD.

En Asociación ilícita se incluyen nombres de varios autores que considero buenos amigos míos. Algunos de ellos no se hablan entre sí, por razones que yo no concibo y lamento, pero respeto. Y sigo respetándoles y queriéndoles lo mismo tras esta lectura. Sí echo en falta un “acápite” autodedicado por Leonardo Aguirre a su propio desencuentro con un escritor que se tomó a mal una mala crítica: la golpiza subsiguiente es más interesante que algunos de los asuntos que capitalizan un capítulo entero; pero por el sentido del humor con que Aguirre resume el incidente en una nota a pie de página, deduzco que es más la humildad (y tal vez el temor a perder objetividad o aparentar sesgo) que el zafar los puñetazos lo que le motiva a escamotear el debido espacio a su mítica trifulca: una pena. Más allá de todo, a mí no me parece que sea éste un libro que haga daño: creo que ayudará a mostrar la ridiculez de nuestras vanidades y que cauterizará heridas absurdas. Y a los demás nos hará sentir pésimo por estar leyendo lo que hicieron mal estos escritores y no lo que hicieron bien: sus obras.

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).