Cholo soy y no me complazcas , literatura , Salud , sexo , sociedad , webeo Viernes, 6 noviembre 2015

Sexo, violencia, bajas pasiones… ¡No te creerás todo lo que te puede pasar en una sola hora de chequeo médico en Lima!

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).
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¿Y los que no tenemos salud ni familia?

Esta mañana he pasado mi primer chequeo médico general en años, tal vez el primero completo de toda mi vida adulta. Lo he hecho porque entraba gratis en el seguro que llevo meses pagando (los Migoya aprovechamos todo lo que es gratis: ése es el lema inscrito en nuestro escudo de armas: con letras de oro.) La verdad es que el chequeo me ha encantado. Ha durado poco más de una hora, pero me hubiese pasado todo el día allí dentro, en la clínica, dejándome observar y revisar por gente tan delicada y amable.

 

LEVEL 1

Lo primero que me ha tocado es la toma del pulso. Yo no sabía que aún se estilaba eso de tomar el pulso a mano. Una enfermera muy joven y desaliñada, de mirada esquiva, me ha conducido a un cuartito, me ha hecho sentarme y me ha pedido que le ofrezca el brazo derecho: ha extendido sus deditos calvos en torno a mi muñeca y ha sacado del bolsillo un diminuto reloj de pulsera (de aquellos que se decía “de mujer”) con una correa marrón de lo más tiesa. Lo ha dejado tendido en su palma, como un crustáceo muerto. Luego ha alzado la vista a ningún sitio del techo y se ha puesto a contar moviendo los labios en silencio y echando una ojeada al crustáceo de tanto en tanto, como rezando por su alma.
Yo me he quedado estupefacto. En un segundo la escena me ha retropropulsado a mi infancia: sentí de pronto que los pies no me llegaban al suelo. Y no podía dejar de mirar a esa enfermera: era pequeña, anodina, normalita, el pelo corto y revuelto, el cuerpo indefinible dentro de un uniforme una talla mayor, la belleza ignorante (que es la belleza que a mí me subyuga). He hecho un esfuerzo consciente por contener la aceleración de mis pulsaciones. Al fin, ella terminó de contarlas y yo salí de mi hipnosis.
-Ya está. Vuelva a la sala de espera y le llamarán -me dijo. Y como no me moví, sus ojos recayeron por vez primera en los míos, dibujando con un salto de uno a otro su pregunta muda.
Le ofrecí la muñeca izquierda:
-Asegúrese.

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Ésta no fue la clínica donde me hicieron mi chequeo gratis. (Foto: andina.com.pe)

LEVEL 2

–Adelante, pase y siéntese. Esto es Medicina General. Aquí puede consultar cualquier dolencia o inquietud que no haya tenido oportunidad de comunicar a su médico.

El doctor, de ascendencia asiática, era mucho más joven que yo: menudo y holgado en carnes, parecía un Budita recién investido de autoridad militar.

–Bueno, pues… no sé –rebusqué en mi disquete interno de obsesiones hipocondríacas–. Tal vez… sí, hace como unos seis meses noto que se me reseca la boca. Me gustaría saber el motivo.

–Eso es porque no bebe la suficiente agua que le corresponde tomar cada día –afirmó el Dr. Chin o Chan sin margen a la elucubración.

–Anda… ¿Está seguro? –repliqué, sorprendido de tan sencilla explicación que no involucraba cánceres o necrosis.

–No es que esté seguro, es que es así. A ver, ¿cuánta cantidad de agua toma usted diariamente?

–Eh… Uuuh… este… –me agité incómodo en mi asiento y me hice el remolón para disimular la pantanosa realidad–. Verá, agua, agua…

–Haga un cálculo aproximado. ¿Cuántos vasos de agua por día?

–No, si lo que es vasos… –traté de buscar una salida digna–. Para cubrirlo todo, me suelo beber varias coca colas diarias.

–¿Para cubrirlo todo? ¡La coca cola no es agua! –saltó él.

–Pero lleva agua, ¿no? Y si contamos los cubitos… –titubeé, tratando de convencerle sin mucho convencimiento.

–¡No! ¡Ninguna bebida procesada con sabores artificiales es agua! –me espetó de lo más indignado y abúdico–. ¡Agua, le estoy hablando de agua pura a secas! ¿Cuántos vasos de agua toma al día?

La Coca Cola Zero sí debe contener más agua, porque dicen que es más sana, ¿no, doctor? –me defendí, ya con un hilillo casi inaudible, apelando con desespero a la magnánima complicidad de su sabiduría.

–¡¡¡AGUA, AGUA!!!

La P-P-Pepsi… a… veces… es dulzona pero… si no hay otra cosa…

Se me quebró la voz.

Agaché la cabeza, derrotado, y comencé a sollozar. Mis hombros se sacudieron en un llanto mudo y eterno. Oí al doctor Chin o Chon levantarse y sus pasos acercándose.

Una mano suya se posó sobre mi espalda, confortadora. Reconozco que eso me hizo sentir mucho mejor.

Para salir de aquel embarazoso trance, empecé a pensar en las amables y bellas enfermeras que me habían recibido y me guiaban a través del chequeo en el hospital y la boca se me hizo agua.

La tragué con avidez.

Sherlock

Llevé este libro para entretener la espera… pero por suerte el trámite del chequeo no funciona como Migraciones.

 LEVEL 3

–¿Pero de cuántas cosas revisan en este chequeo?

–Entra todo, menos oncología.

–Ah –no tengo ni idea de lo que es la oncología, así que no añado palabra.

La muchacha –no sé si es doctora o enfermera– tiene encanto: su perfil es ruin, pero de frente concita buenos deseos. Ojos profundos y ojerosos tras gafitas de metal, nariz sefardita inclinada como un viejo humilde y amistoso y labios con tendencia natural a permanecer entreabiertos dan bienvenidas calurosas al frívolo friolero.

–Quítese el polo y la camisa tras el biombo, por favor –lo dice con voz muy amable.

Me sitúo tras el biombo y la miro en su quehacer impersonal: preparativos rutinarios para poner la máquina a punto. Pruebo a sacarla de su distancia profesional:

–¿Quiere decir que me desnude de cintura para arriba?

–Así es –las palabras siguen confitadas.

Me quito la camiseta y la camisa, pues, y me dirijo hacia la cama que ella me señala mientras yo trato de sorprenderla cerrando la boca: no, los labios siguen sin tocarse y ahora, además, pincelan un amago de sonrisa extralaboral. Creo que la provoca mi soltura escénica.

–¿De dónde es usted?

–De Barcelona. Bueno, ya de ningún lado.

–¿Es la primera vez que le hacen un electrocardiograma?

–No –pienso en aquel que me hicieron tras la taquicardia de media hora que casi me lleva a mi primer intento de suicidio–. Creo que pasé por uno a los 21 años.

Me acuesto en la camilla como me indica y empieza a ponerme esa crema gelatinosa que ya no recordaba: en tobillos, costillares y sienes, tal vez el cuello también. Tampoco la recordaba tan abundante y pastosa. Luego me pellizca con las ventosas. Parafernalia mecanicista y succión en la piel: estímulos extrañamente eróticos. Aunque a mí hasta el canto del gallo me parece extrañamente erótico.

Imagino que lo que me extiende en la piel es mi propio semen y que está jugando con él sin demostrar complicidad, para desafiarme. Sus gratos, gratinosos dedos fríos en mi fina piel caliente bajo la axila son un regalo más de este chequeo.

Me acuerdo de aquella doctora que me revisó con sus manos desnudas un tremendo y abultado esguince tres años atrás: me provocó una erección no menos abultada y tremenda por el simple roce de sus yemas calientes en las cuencas del tobillo. Traté de sonsacarle su dirección de correo electrónico para regalarle uno de mis libros, pero no coló.

Ahora pienso que si intentara la misma jugada con esta bonita profesional de perfil ruin, sí colaría. ¿Lo intento?

Nuestras miradas se cruzan y ella ya sonríe abiertamente. Parece que aguarda a que yo tome la iniciativa, como un caballo con esguince espera que lo rematen.

Pero no es prudente ni justo que coquetee con ella. Las chicas con las que salgo no se lo tomarían a bien.

Así que cierro el paso a la interminable posibilidad de aproximaciones engatusadoras que se despliegan ante mí y no le vuelvo a dirigir palabra.

Cuando me despido, sus labios ya están cerrados.

Cardio

Durante el electrocardiograma, me tomaron un retrato.

LEVEL 4

–¿Cuántos dedos ve?

La puta de Dios, pensé, no veo ni la mano.

-Eh… ¿Seis? –contesté, consciente de que ella sólo levantaba un brazo.

La oftalmóloga gruñó. Evidentemente no le hizo gracia mi gracia. Me pidió que me colocara mis gafas y le dijera cuáles eran las letras proyectadas en la pared. Fui enunciándolas hasta que me quedé atascado en una hilera indistinguible.

–Ésas no las identifico.

–¿No las puede leer ni siquiera con los lentes puestos?

–No. Es que de hecho hace unos días descubrí que veía mejor con unas gafas que guardo de hace diez años. Parece que el astigmatismo me bajó. O sea, recuperé vista.

–¿Y por qué no lleva esas gafas?

–Es que son muy feas y cochambrosas.

–¿Y por qué no se compra unas nuevas con la graduación correcta?

–Porque son muy caras: tengo ocho dioptrías en cada ojo y tienen que forjar mis cristales con una aleación delgada –por una vez sonrió ante mi absurda combinación de términos pseudotécnicos–. Eso sale por un ojo de la cara. Con perdón. Además, ya veo lo suficientemente bien así.

La oftalmóloga respingó con modos de sargento disgustado ante un novato con el uniforme mal puesto. Se dispuso a leerme la cartilla:

–Los cristales de los lentes deberían cambiarse cada año.

-Ah.

–Usted debería hacerse una revisión de la vista cada doce meses.

–Bien.

–Y si no puede costearse unos cristales delgados, adquiera unos gruesos. Pero lo primero es su vista.

–Por supuesto. Así lo haré.

–Ya puede irse. En el informe general incluiré mis recomendaciones. Hasta el año que viene.

–Gracias, doctora. Hasta el año que viene. Aunque dudo que dentro de un año se acuerde de mí.

–Seguro que sí me acordaré, en cuanto vea que lleva puestos sus lentes feos y cochambrosos.

Lo dijo mientras anotaba algo de espaldas a mí, pero juraría que se estaba aguantando la risa.

Joder, pensé, esta cabrona no se ha dejado engañar.

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Los lentes fashion y los cochambrositos.

LEVEL 5

–¿Cuándo fue la última vez que ha visitado al dentista? –me inquirió el odontólogo, un chico de unos treinta años, de aproximadamente un metro sesenta de altura, piel oscura y lampiña, expresión jovial y despejada, ojos y orejas pequeños, manos grandes y un pene de cinco centímetros y medio en reposo.

–Mmmm… no lo sé, la verdad –respondí ya abatido boca arriba sobre la camilla abatible–. Por lo menos quince años.

–¡¿Quince años?! –exclamó pasmado. Noté que hasta su pene se había despertado del sorprendido grito que soltó.

–Sí, por lo menos… o veinte. Recuerdo que me pusieron un empaste de resina o no sé cómo lo llaman en una muela del fondo. Aparte de eso, no he vuelto a ir. En mi familia no es tradición ir al dentista y yo soy una persona amante de seguir las tradiciones familiares, porque

Con la izquierda me pidió que cerrara el pico y con la derecha que abriera la boca: el siguiente minuto lo dedicó a pasar una lente de aumento por esas ringleras de dientes que yo conocía a la perfección. Sabía que terminaría detenido en las espaldas de mis incisivos inferiores, allí donde más sarro acumulaba.

–Hmmm… –parecía Sherlock Holmes estudiando las manchas de barro dejadas por el imprudente asesino al tratar de huir precipitado.

Estoy jodido, pensé. Este tío me va a arrancar toda la dentadura para reemplazarla por otra nueva. Carraspeó y se retiró un metro para enunciar su dictamen, como si tuviese miedo a que de hablar a mi vera percibiera en él algún defecto imperdonable: no sé, alguna mancha de café, un colmillo torcido, un mal aliento.

–Le confieso que, en las condiciones que me ha descrito, nunca había visto una dentadura en tan buen estado. Ni siquiera la mayoría de mis pacientes, que pasan por consulta cada medio año y hacen un mantenimiento completo, tienen sus dientes tan sanos como usted. Sí he notado los dientes manchados, sobre todo abajo, y ese relleno en la muela ya cumplió su vida y le recomendaría que lo cambiase… pero aun así, le felicito. Ha sabido cuidar muy bien su dentadura y casi puedo asegurarle que, de continuar cepillándose los dientes regularmente, es probable que no sufra de ninguna carie durante quince años más.

Al principio pensé que se estaba burlando de mí. Que todo ese discurso laudatorio iba a terminar en una estruendosa carcajada richelieuaoeana y lo iba a rubricar abroncándome: “¡Ahora despierte a la realidad: su dentadura es una puta ruina, subnormal de los cojones, qué esperaba si no visita al dentista por dos décadas seguidas!”.

Pero no: el tipo hablaba en serio, porque se quedó callado cinco segundos, como cuestionando el sentido de su vida profesional, y luego añadió:

–Ahora le haré una limpieza bucal.

–Ah, qué bien –atiné a comentar–. Siempre he querido tener una.

No me podía creer mi buena suerte. Durante un largo rato, el tipo me pasó por las fauces una suerte de cepillos o lijadoras eléctricas y, al acabar, mi lengua sintió los dientes más definidos, lisos y puntiagudos. En mi interior despertó un ser carnívoro y primigenio, un cavernícola con deseos de salir a la calle y cazar un venado a dentelladas.

–Gracias, doctor, me ha alegrado el día.

–Yo no puedo decir lo mismo –remató, con buen sentido del humor.

Le di la mano, me volví para salir con prisa (no fuera el médico a agregar algo más que arruinara el buen augurio) y la enfermera me abrió la puerta. Le guiñé el ojo al pasar por pura alegría de vivir.

Fuera me dijeron que el chequeo había terminado.

–¿Puedo volver la semana que viene? ¿Aunque sea pagando? –comenté a la chica del mostrador–. ¡Me lo he pasado genial!

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).