Cholo soy y no me complazcas , turismo , viajes Martes, 15 septiembre 2015

No te puedes morir sin antes haber visitado el Valle del Colca. Es más… ¡es muy probable que te mueras visitándolo!

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

De acuerdo: la culpa es mía por no tener ni idea de lo que significa “trekking”. Yo pensaba que “hacer trekking” era tirar con una fanática de Star Trek, pero resulta que no, que “hacer trekking” es escupir los higadillos por la boca subiendo y bajando montañas.

A continuación, mi crónica de la visita al Valle del Colca o cómo casi acabo siendo el Ciro Castillo del 2015.

0. Así acabó mi calzado.

Mi calzado después de la experiencia, con mis pies hirviendo dentro.

ASÍ COMIENZAN TODAS LAS PELÍCULAS DE TERROR…

Tras dos años viviendo en el Perú, todavía no conocía Arequipa, así que compré un pasaje barato y me planté un fin de semana largo en la hermosa ciudad, muy transitable a pie –para un limeño eso es vital–. Imbuido de un talante aventurero y explorador, pregunté en la Oficina de Turismo dónde podía adquirir un pase para irme de excursión al célebre valle o cañón del Colca, del que tanto y tan bien me habían hablado.

La encantadora dependienta me indicó que cualquier agencia de viajes de la céntrica calle Catalina estaba homologada para vender esos viajes. A su vez, me señaló sobre un mapa en qué consistía cada modalidad de excursión. Tal como me lo planteó, aquellas excursiones parecían deliciosos paseos bajo frescas alamedas para turistas aburguesados y hamburguesados.

Dicho y hecho: me fui a una agencia de viajes y la chica al cargo me expuso las supuestas condiciones que conllevaban adquirir el viaje por un día, por dos o por tres. Me lo explicó todo tan servicial y afable que me dieron ganas de invitarla a venir conmigo a hacer trekking en cualquiera de sus dos acepciones.

Por 130 soles compré la excursión de dos días, debido al tiempo del que disponía y porque me pareció que un período de tres jornadas caminando podía revestir ya cierta dureza.

No sabía que estaba comprando un pasaje al Infierno.

1. Feliz al inicio de la excursión.

En el mirador Cruz del Cóndor, feliz antes de la pesadilla que me aguardaba.

 

OPCIÓN DE EXCURSIÓN 1: MUERTO POR NARCOLEPSIA DEL CHOFER

Hay quienes tiene experiencia en platos exóticos, los hay experimentados en fauna salvaje y mi terreno más explorado es el de los choferes peruanos que se duermen al volante: hacía dos semanas que en Lima un chofer de Taxi Satelital se me había quedado dormido dos veces llevándome de casa al aeropuerto a las 3 AM, sin que yo fuese capaz de reclamarle nada por pura timidez y vergüenza ajena. Felizmente, el taxista dormilón despertaba siempre en el último momento y con un volantazo lo arreglaba, pero podía haberme matado o, lo confieso, haber causado un feo accidente.

Lo mismo ocurrió esa misma noche en Arequipa en que me recogieron del hostal a la misma hora maldita, las 3 de la madrugada: subí a una camioneta junto a una docena de turistas más, que luego seríamos divididos en dos grupos, y tras pasar lista el copiloto, el chofer arrancó con destino a Chivay. Ambos eran dos jovencitos locales que parecían saber lo que hacían.

Dormité unas dos horas al fondo de la camioneta y el amanecer me desveló en pleno recorrido por altas lomas y empinados barrancos. Entonces me fijé en el chofer: su rostro era la más viva encarnación del desespero absoluto. Por el retrovisor lo contemplé a placer: los ojos se le cerraban irremisibles; se pellizcaba las mejillas, pero él mismo era consciente de que se dormía sin poder evitarlo; de vez en cuando dirigía miradas suplicantes a su copiloto, que roncaba a pierna suelta, ajeno a su padecimiento.

Me tensé, dispuesto a saltar hacia adelante en cuanto viera que el tipo se rendía abiertamente al sueño: en efecto, parecía ya listo para adentrarse en el reino de Morfeo y enviar la camioneta precipicio abajo… Por suerte, sucedió un milagro: en ese justo instante la camioneta se cruzó con un autoestopista, un camionero cuyo vehículo se había estropeado minutos antes, por lo que deseaba un aventón de vuelta. El chofer se detuvo a su lado, lo recogió y, ya con el despabile de tal actividad, garantizó su desvelo: el resto del trayecto transcurrió con una amena conversación a tres bandas entre el chofer, el copiloto y el náufrago del camino, que nos salvó la vida a todos.

 

El impresionante paraje que maravilla a todo visitante.

 

OPCIÓN DE EXCURSIÓN 2: MUERTO POR VESTUARIO INADECUADO

Ya en Chivay, durante el desayuno de las 6 AM, nos conocimos los integrantes del grupo de la excursión de dos días: había un estadounidense de origen japonés de 27 años; una pareja de holandeses también veinteañera (ella me confesó que también había estado vigilando fascinada cómo el chofer se dormía); y dos parejas de arequipeños más jóvenes todavía. Yo era el único cuarentón.

También conocimos a quien sería nuestro guía: un guapo muchacho mestizo con pelo ala de cuervo, justo el estereotipo de nativo que yo soñaba ser cuando era niño. Le acompañaba su enamorada, una jovencísima europea de 21 años. Los dos nos cayeron muy bien a todo el grupo.

Sin embargo, me asustó ver lo equipados y abrigados que iban mis compañeros: yo no llevaba ni siquiera un chullo que me cubriera la calva. De hecho, iba vestido como si me fuera a dar un paseo dominguero de media hora por el Lima Golf Club. Repentinamente histérico, le consulté al guía dónde podría comprar un gorro de lana. Me miró sin comprender: “Acá no vas a necesitar gorro de lana. En cuanto salga el sol, te vas a morir de calor”.

No recelé lo proféticas que iban a resultar esas palabras.

3. Al fondo de todo, el Oasis. Allí debemos llegar en un día...

Más allá de esos pies, al fondo del valle, el famoso Oasis al que íbamos a descender en un solo día.

 

OPCIÓN DE EXCURSIÓN 3: MUERTO POR INSOLACIÓN

De nuevo en la camioneta, bordeamos el inicio del cañón del Colca y, tras pagar el derecho a visita de rigor (70 soles para extranjeros, 20 para peruanos y residentes), nos detuvimos en la cuneta para observar el vuelo matinal de los cóndores: fue un espectáculo delicioso. Poco sospechaba que esos míticos animales no eran los únicos carroñeros que habitaban el Valle.

En la Cruz del Cóndor, fui a orinar a un retrete habilitado y luego me perdí entre los demás grupos de trekkers. En uno de ellos, el guía comentaba a los turistas extranjeros los derroteros previstos de la jornada: “Pasaremos por chacras y zonas humildes: porque aunque no lo crean, casi nadie vive acá del turismo. Esa plata que ustedes pagan por venir a visitar el valle, desgraciadamente no va a los bolsillos que debiera: en el Perú existe una cosa muy extendida que se llama corrupción”. Me sorprendió la valentía y sinceridad del guía en cuestión. Tras solicitar a una vigilante apostada en un risco que me tomara una foto, regresé con mi grupo.

Poco después, la camioneta nos abandonó en el punto de partida del trekking planeado, de nuevo al borde del valle, y nuestro guía señaló nuestro lugar de destino ese día, en el centro mismo de la hondonada, un vergel en medio de la aridez rebautizado como “Oasis”. A mí me pareció que estaba más lejos de lo debido: que digo ¡lejísimos! Pero como buen estúpido macho no dije nada.

La pareja de guías reforzaba su ligero equipaje con unos sólidos bastones de senderismo para su propio uso. No me pareció justo, claro. Creo que a ninguno de los excursionistas, sobre todo unas horas más tarde.

4. El guía nos señala la ruta que seguiremos

“Van a bajar por acá, a subir por allá… y en ese punto exacto van a desear no haber nacido”.

Así, empezamos a descender por un sendero de tierra y roca. Se nos advirtió que las rodillas se resentirían, pero yo me sentía cómodo. Sin embargo, al poco rato se disparó en mi cabeza una voz de alarma: los guías, bajo la excusa de que llevábamos retraso, aceleraron el ritmo, pero al cabo de una hora, apenas parecía que habíamos recorrido un ínfimo trecho.

El calor arreció: yo no llevaba conmigo bloqueador de piel pero, por suerte, traía puesto un sombrero de paja que había comprado a un ambulante arequipeño. Los integrantes del grupo comenzamos a cuestionarnos si aquel trekking no sería más duro de lo previsto: en mitad de la bajada, nos cruzamos con una muchacha sentada en una esquina, afectada por el duro sol, a quien estaban cargando de vuelta arriba. Un tramo más abajo yacía abandonada su mochila. La chica holandesa también se retrasó, incapaz de seguir el ritmo del descenso, y su novio se había quedado atrás para asistirla.

Nos empezamos a asustar.

Al cabo de un rato, sedientos y fatigados, llegamos a un puente donde se hacía un pequeño alto para recuperar el aliento. Compré una chirimoya, bebí agua embotellada que traía conmigo y me apoyé en un recuadro de sombra. No presentíamos lo que todavía nos quedaba por delante.

5. El zigzag descendente... el ascendente es bastante más escarpado.

El zigzag descendente… el ascendente es bastante más escarpado.

OPCIÓN DE EXCURSIÓN 4: MUERTO POR INFARTO

Llevábamos unas dos horas y media de bajada. Cruzado el puente se inició una abrupta subida, casi vertical, que puso mi corazón al límite: latía tan veloz y denodado que sentí pánico ante la posibilidad de sufrir un infarto. No pensé que tal vez la altura del paraje me afectaba. Por temor a quedarme atrás, ascendí con todo el resto de vitalidad que rebañé de mis fibras: ya vería luego cómo me recuperaba.

Hicimos por fin la primera escala del día: un merendero a media altura, al otro lado del puente. Nos sentamos destrozados. Nos sirvieron una sopa y carne de alpaca. Llegó al fin el holandés con su enamorada. Ella parecía una figura de cera. Preguntaron cómo se podía abortar la excursión. “Para salir de aquí se puede pedir una mula”, nos informó inexpresivo el guía. “Son 80 soles más”.

7. Los excursionistas arequipeños ya sueñan con una mula...

Rendidos de cansancio, los excursionistas arequipeños ya sueñan con una mula…

Resignadas, la holandesa y una de las parejas arequipeñas pidieron mulas. Yo me lo pensé, pero decidí intentar acabar la jornada a pie. Tampoco pensaba que quedase tanto por recorrer, la verdad: ya nos habían matado a caminar.

-Si esto es así de duro, no me quiero imaginar cómo será la excursión de tres días –comenté al guía.

-Ah, la excursión de tres días es más fácil que ésta –replicó él–. Consiste en el mismo recorrido que estamos haciendo nosotros, pero dividida en tres jornadas. De hecho, ellos acaban su primera jornada acá, que es donde acampan para pasar la primera noche. Nosotros, en cambio, tenemos que seguir caminando en cinco minutos.

Lo miré con ganas de estrangularle. ¡Nadie me había advertido de eso en la agencia!

8. Estábamos todos tan cansados que nadie se fijó en el paisaje.

Estábamos todos tan exhaustos que nadie se fijó en el paisaje.

OPCIÓN DE EXCURSIÓN 5: MUERTO POR AGOTAMIENTO

Después de almorzar, pues, continuamos viaje, abandonando a los tres compañeros que esperarían su mula. El grupo pasó a ser liderado por el chico estadounidense y el holandés: el primero ya estaba bregado en estas lides (¡En su currículum aventurero figuraba el Himalaya!) y el segundo era lo bastante robusto para no arredrarse. La otra pareja arequipeña era la más débil y pronto se quedó bastante atrás.

Yo me mantuve en medio, sin forzar la máquina para no llevarme una desagradable sorpresa con mi mermada capacidad de resistencia: sin embargo, enseguida perdí de vista al guía y los dos que abrían la marcha. Me espanté al ver que el camino se bifurcaba ante mí: ¿por qué los responsables no esperaban a los rezagados del grupo? ¿Y si tomaba el camino equivocado y me extraviaba sin que nadie se diese cuenta hasta horas después? Temiendo convertirme en el nuevo Ciro, aguardé hasta que la enamorada del guía llegó con los que cerraban la comitiva. Más tranquilo, proseguí con ellos hasta el pie de otra colina, pasado un pequeño puente.

9. Tras ese puente, una subida inhumana.

Tras ese puente, una subida inhumana.

Una vez allí, tuvimos que subir la escarpada colina en zigzag, a puro impulso de gemelos. Mi corazón se desbocó de nuevo. El guía se quedó con los atrasados, esta vez sí, por si alguno de nosotros caía redondo al suelo. Teníamos que sentarnos cada poco en alguna que otra roca a amansar el corazón.

Yo no podía más: maldije aquella excursión que ni siquiera nos permitía disfrutar el majestuoso paisaje. ¿De qué se trataba aquello? ¿De joder a la gente hasta quitarle toda su energía? ¡Se suponía que íbamos a disfrutar del camino y sus maravillas visuales! En cambio, me sentía parte de una “larga marcha” imaginada como secuela a la novela The Body de Stephen King

10. Como Taylor errabundo al principio de El planeta de los Simios...

Como Taylor y sus astronautas errabundos al principio de El planeta de los simios…

Cuando alcancé el establecimiento de la cima, decidí que al día siguiente tomaría una mula. Pero aún nos quedaba una hora y media más de ruta. Seguimos una carretera felizmente llana y después iniciamos el descenso definitivo a la última depresión del valle.

Para depresión la nuestra: yo estaba de tan mal humor que ignoré a un viejo vendedor ofertando su mercancía de agua y fruta, pese a que el guía parecía empeñado en que le compráramos antes de emprender la bajada final. Tres cuartos de hora más tarde llegamos a la meta como los restos de un ejército diezmado, como una caterva de muertos vivientes, totalmente destrozados tras siete horas de bajadas y subidas por aquella geografía más exagerada que la vida de Martín Romaña.

11. El último puente del día.

El último puente del día.

Crucé el puente definitivo y me senté con el holandés y el yanqui, a esperar a los últimos andadores. Media hora después arribó la pareja arequipeña, más lívidos que Drácula y su novia. Y más tarde, los de a mula.

Al fin estábamos en el puñetero Oasis prometido.

12. Meta de llegada al puñetero Oasis.

Meta y entrada al Oasis.

 

OPCIÓN DE EXCURSIÓN 6: MUERTO POR DESPEÑAMIENTO

Ya de noche, me bañé en la piscina del complejo, me instalé en el bungalow compartido con el muchacho gringo y en la cama repasé las dos gigantescas ampollas que eran las plantas de mis pies. Reunidos de nuevo, los supervivientes bromeamos sobre lo peligroso de aquel arriesgado trekking y cómo en Europa o USA ya estaría cerrado al público por veinte motivos de inseguridad.

Alguien le preguntó al guía si era normal que al día siguiente sólo dos del grupo de ocho personas terminasen la ruta a pie, como estaba previsto… ¡y él confesó que sí, que siempre había problemas y bajas por agotamiento en todos los grupos!

13. Recuperando el aliento al final de la primera jornada.

Recuperando el aliento al final de la primera jornada.

Cenamos en el comedor del aislado Oasis y nos fuimos a dormir a las 9 de la noche: yo no pude pegar ojo, me asaltó la paranoia de que estaba metido en una película de terror, un slasher a lo Viernes 13 donde ninguno de los integrantes del grupo sobreviviría a esa excursión, muertos uno a uno por algún Jason Voorhees con máscara de cóndor sustituyendo la de hockey, en aquel paraje (imaginariamente) aislado de toda comunicación.

La única epifanía de la noche sobrevino cuando me vi forzado a salir del bungalow a buscar un cuarto de baño y, en medio de aquella cuenca verdosa, descubrí que la llena luna lo iluminaba absolutamente todo… Jamás había presenciado una noche tan clara y hermosa. Casi me orino encima mirando el cielo.

14. Aquí pasamos la noche.

Aquí pasamos la noche.

A las 5 AM del día siguiente, el usaca y el holandés se reunieron con el guía para trepar la montaña final que los llevaría otra vez fuera de aquel mundo. Los otros cinco ingenuos pagamos religiosamente sesenta soles más para que un mulero nos sacara de allá de modo más descansado.

La ascensión fue más o menos cómoda para nosotros, aunque no quise pensar lo demencial que debía de resultar para aquellos dos muchachos que habían partido a pie: un arequipeño me contó que el jefe de mulas había explicado cómo un entrenado deportista belga había muerto durante esa última ascensión de un ataque al corazón…

Eso sí, en una de las vueltas a la montaña, tuvimos que cruzar por un costado sin paso ni cornisa, cubierta totalmente por cantos y grava. “Anoche hubo un deslizamiento de tierra”, informó desapasionado el mulero, sin mayor preocupación ni un atisbo emocionado. Y azuzó a nuestras caballerías para que cruzaran al trote por encima de la loma de guijarros deslizables, con todo un precipicio a sólo unos centímetros. Tragué saliva y me encomendé al apu que rigiese en esa cordillera.

15. Mensaje premonitorio de la cocina de Oasis.

Mensaje premonitorio de la cocina del Oasis.

Hora y media más tarde, nos reencontramos todos los integrantes del trekking en la cima: la excursión había terminado.

Aliviados y contentos de seguir vivos, nos condujeron finalmente a unos baños termales descubiertos, donde una pareja de turistas más calientes que las aguas en torno casi se pone a hacer el amor delante de todos: la emoción de no haber muerto despeñados, presumo; también asistí allí a mi primer topless peruano, a cargo de una colqueña que se despechugó el torso cuando ya casi todos los grupos se habían largado.

16. Mi reino por una mula.

Mi reino por una mula (bueno, en mi caso me costó 60 soles; en el de otros turistas, desembolsaron 140 solsitos extras: más que el precio en sí de la excursión.)

Durante el viaje de regreso a Arequipa, nuestro grupo insistió en que aquélla había sido una experiencia demasiado dura. ¿Desinformación nuestra o exceso de inclemencia y desentendimiento organizativo en las condiciones de la excursión? ¿O tal vez la gente del lugar imponiendo su propia “tasa de visita o peaje” al crédulo visitante, independiente de la que ya cobran las autoridades?

Aun asumiendo lo muy flexible que siempre resulta el marco de lo legal en el Perú (y sin contar con las numerosas y legítimas objeciones de los excursionistas causadas por la obligatoriedad de aceptar in situ un cúmulo de riesgos innecesarios), una cosa estaba clara: si seis de ocho personas abortaban la prevista excursión a pie para verse obligados a recurrir a su traslado en mulas, y esa era la tónica de desenlace general en todos los grupos, la organización debería disponer el servicio de mulas como un recurso gratuito al servicio de los turistas agotados… ¡y no cobrarles 80 soles extras el primer día y 60 más el segundo, sólo por no haber sido capaces de realizar la proeza de consumar ese desmesurado reto senderista!

Pero, en fin, supongo que muchos turistas no se quejan, aliviados de salir de allá viviendo para contarla.

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).