Cholo soy y no me complazcas Viernes, 24 julio 2015

5 razones por las que me encantó “Al filo de la ley”

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

Me fascina que lo que vale para el cine estadounidense, si lo hace un peruano es tachado en los medios de “facilista, ramplón, machista, lamentable”, etc.

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Foto: cinencuentro.com

 

Es como si los críticos de cine le diesen su bendición a las idioteces divertidas de Hollywood pero no estuviesen dispuestos a admitir una sola en su cine, que sólo debe estar compuesto por largometrajes para élites miraflorinas y compradores de cómics de importación (a 150 soles el volumen ¡y se venden!) ¿Se imaginan si el cómic o el cine de superhéroes lo hubiese inventado un peruano? “¿Cómo se le ocurre semejante bazofia supremacista, escribir justificaciones apologéticas de una sociedad imperialista y materialista sobre individuos con poderes que los hacen superiores a los demás para contar historias superficiales y llenas de fatuos fuegos artificiales donde la solución siempre es la violencia, en lugar de hablar de la gente normal, esa gente anónima que se deja la piel cada día y no consigue dinero para vivir dignamente?”.

Ésa sería la respuesta a un intento de cine espectáculo local, si no existiera el precedente USA ante el cual nos arrodillamos todos y de cuya diarrea formulaica nos atiborramos sin protestar, aplicando sus modelos sociales (los liberadores y también los represores) a los nuestros sin objeción alguna. Porque esos mismos que despotrican del conato de cine popular que se hace en el Perú luego pagan religiosamente (sí, religiosamente) su boleto para ver Píxels o Terminator o alguna aventura de un señor con apelativo militar (“Capitán“) disfrazado con la bandera estadounidense y golpeando personas a diestro y siniestro. “Oh, es que los gringos sí saben hacer estas cosas”.

Bueno, yo estoy harto de ver cine gringo con convenciones morales gringas: me gusta de vez en cuando asomarme a productos autóctonos que no sean generados por una élite intelectual para consumo de esa misma élite, para percibir una sensibilidad más cercana a la de la gente común, precisamente. Esa gente normal y anónima “que se deja la piel cada día y no consigue dinero para vivir dignamente” y que, cuando lo consigue, ve que se le niega el derecho a disfrutar su propia diversión o como ésta es despreciada abiertamente.

“Ver en la pantalla grande a “actores” como Antonio Pavón o Xoana Gonzáles es preocupante”, escriben aquí . ¿¿¿Pero si aparece Eminem en la bobada de The Interview o cuando aparezca Kim Kardashian en Zoolander 2 será digno de aplauso y celebración??? ¡Qué cool es eso, ¿verdad?! Madre mía, cuánto clasismo inconsciente.

¿Por qué esa tremenda animadversión cinéfila contra un intento, si no digno técnicamente sí honesto, de hacer cine de género para las masas locales? ¿Es que las masas no tienen derecho a tener su propia cultura y a que se la respete? ¿Sólo se respeta si cambian Corazón Serrano por Bruce Springsteen?

Al filo de la ley de Hugo Juan Carlos Flores es una mala película (no es peor que alguna con ínfulas que ha recibido parabienes de la prensa especializada), pero contiene suficientes elementos para dejarse ver, para reírse en complicidad con ella y para esperanzar que configure la semilla de películas nacionales con afán de entretenimiento que poco a poco sean mejores. El hecho es que el público ha respondido favorablemente a esta cinta y el boca oreja no ha sido pernicioso: yo escuché muchas carcajadas en la sala adonde acudí, mientras mi psique trataba de sacar algo en claro de la propuesta. Pero tampoco me fui con mal sabor de boca: no es al género negro lo que The Burglar ni a la buddy movie lo que Adiós, amigo, pero de serlo tampoco hubiese sido apreciada por los mismos que la han defenestrado.

Enumero las cinco razones por las que disfruté Al filo de la ley:

1) La pareja protagonista me pareció graciosa: no conozco nada de estos dos señores, Renato Rossini Julián Legaspi, no sé de su bagaje profesional ni de su rastro previo en el inconsciente popular, así que acudí con mi pizarra en blanco respecto de ellos. Tampoco hay construcción psicológica en sus personajes: son algo así como un semental italiano despistado y un Kevin Costner perdido en Máncora, pero se nota que se lo están pasando bien y eso, de algún modo, se transmite en el celuloide. Con un guion atinado se podría crear una buena interrelación de diferencias/afinidades entre ellos como en cualquier buddy movie, porque química sí se percibe. Ah, y Reynaldo Arenas siempre resulta un gozo en la gran pantalla, especialmente en este caso en que no cuenta con mucha chicha donde agarrarse en su libreto y tiene que recurrir a espasmos amanerados a lo Raphael subido de speed. Este actorazo es un capo.

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2) Es una película de acción sin acción, lo cual reviste su mérito. Con un tratamiento minimalista, hubiese colado como film noir en vez de pela de polis, como ejercicio de estilo en vez de un quiero y no puedo. Pero eso no desanimó a sus responsables y yo me alegro.

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3) ¿Machismo? El género negro presenta escenarios de la vida real donde el machismo es el estilo habitual de vida. ¿Qué pasa cuando un hiphopero estadounidense o un reggaetonero puertorriqueño lanza un videoclip donde vierte su modo ideal de ver la vida? Que aparece lleno de billetes volando y mujeres recauchutadas contoneándose desnudas. ¿Qué esperamos encontrar en la casa de un narcotraficante? ¿Una feminista fea sermoneándote que los hombres deben tratar a todas las mujeres con la misma indiferencia con que la tratan a ella?

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4) Katy Jara.

Sí, ya sé, todos echan pestes del machismo en sus invectivas contra Al filo de la ley, pero no cesan de mencionar a Millett Figueroa (reconozco que sus aletas nasales perpetuamente dilatadas resultan idóneas para retratar a una criatura que respira sexo por los cuatro costados, pero no estoy seguro de si eso fue un rasgo de interpretación voluntario) y nadie se ha fijado en que la actriz más fotogénica, esforzada y meritoria del plantel femenino es con diferencia esta artista que trata legítima y denonadamente de insuflar vida y empaque al personaje más ingrato de todos: cuando el espectador creía haber encontrado un referente identificativo en el que sentirse verdaderamente reflejado, un buen espejo de la indignación del ciudadano medio ante los delitos narrados, van y a mitad de la película la raptan y nunca más vuelve a aparecer, seguramente porque no había presupuesto para trasladarla a la cabaña en la selva donde teóricamente se la llevaron y en cuyo interior más tarde apresan a los protagonistas. En todo caso, apunten su nombre: esta chica nos puede dar buenas sorpresas en un futuro inmediato.

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Aparte del cartel, no he podido encontrar un solo fotograma promocional de Katy Jara reproducido en la prensa (casi todos los protagoniza Millett Figueroa…), así que incluyo ésta instantánea junto a Juan Manuel Ochoa en la presentación del filme a la prensa. (Foto: www.elcomercio.pe)

5) No se pierdan la explosión del carro: Hollywood sería incapaz de hacerla, lo cual ya es un mérito en sí. Tal vez hubiese sido bueno que alguien hubiera aconsejado a los directores que con un plano de una ventana próxima haciéndose añicos tras un efecto sonoro contundente frente a un testigo espantado, se habría podido solucionar el desenlace de la secuencia sin grandes desperfectos… ¿pero ahorrarnos así ese plano genial y esa carcajada colectiva que brota espontánea en toda la sala? No, no, no, que haya más explosiones con ese tratamiento visual. ¡Sólo por esa explosión mereció la pena dejar mi plata en taquilla!

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No veo el momento de que estrenen la secuela: pagaré encantado por ir a verla.

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).