Cholo soy y no me complazcas Viernes, 27 febrero 2015

Telebasura de culto: cómo es realmente el “irreality show” de Melcochita y Susy Díaz

Hernán Migoya

Escritor español. Autor del best-seller "Todas putas" y guionista de “Plagio”, primera novela gráfica europea situada en el Perú. También es autor del ensayo erótico "50 peruanas de bandera", coguionista del biocómic "Señorita Laura" (Premio Luces 2015) y acaba de lanzar su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

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Mientras esperamos que la censura llegue a la TV peruana (y también algunas regulaciones que sí son necesarias respecto al tratamiento periodístico y los programas faranduleros), y antes de que el Estado empiece a aburrirnos imponiéndonos documentales repletos de mentiras (como siempre ocurre con las historias oficiales que tanto enardecen a los espíritus reaccionarios), los espíritus libres tenemos la suerte de que todavía sea posible disfrutar sin trabas con Un verano en Nueva York , el “irreality show” (pues de realidad no tiene nada) del canal Latina protagonizado por dos personalidades de la cultura y el espectáculo peruanos que ya mismo deberían ser nombrados por la ONU patrimonio de la Humanidad: el gran humorista Melcochita y la gran ¿? Susy Díaz. El programa, por cierto, se emite después de La paisana Jacinta (que debería retitularse ya La última mohicana, por lo hostigada y perseguida que está por las huestes blancas y blanqueadas).

El formato de Un verano en Nueva York se basa en el subgénero televisivo de los realities, más guionizados que una película de ficción, formato que en España también ha sido adaptado con buenos resultados, como en la joya de la telebasura Alaska y Mario, donde la genial cantante de Dinarama y su no menos genial esposo se dedican a ser libres, cosa que siempre molesta, como se puede comprobar en esta enumeración infinita de la palabra “maricón”.

Tampoco es un contenido apropiado para los niños, pero tal vez por eso, a los niños les encanta.

Seamos sinceros: cada capítulo de Un verano en Nueva York dura el doble de lo que debería y hubiese sido más gozosa su difusión con una periodicidad semanal. Pero pese a lo arduo que a veces se hace su visionado (casi tanto como una película de Ingmar Bergman sin subtítulos), como todo espacio heterodoxo de cultura trash, también contiene sus pequeñas joyitas a atesorar.

Lo interesante de Un verano en Nueva York es el planteamiento: Suzy Díaz y Melcochita se buscan la vida en la metrópoli más sofisticada del mundo y, cual una versión postmoderna (o preprimitiva) de El Quijote, con Díaz ejerciendo del caballero idealista y Melcocha de su mundano escudero (aunque aquí sea ella la panzona) entre los molinos de viento que son los rascacielos neoyorquinos, vemos contrastado todo el tiempo, tanto adrede como involuntariamente -y ahí está la gracia- el carácter superviviente y feliz de estos dos sencillos peruanos entronizados por el pueblo, perdidos en una urbe extraña que lo asimila todo.

 

Dos diamantes en brutos

Melcochita es el amo de la función. Aunque solamente le entiendo un 80% de lo que farfulla (mi oído todavía no está tan entrenado), de cuando en cuando desgrana frases brillantes que jamás escucharé a ningún intelectual de salón. Cuando Suzy Díaz aterriza de su sueño de conducir un talk-show y le pregunta al cómico qué programa le gustaría a él hacer en TV, el maestro responde con una absurdidad digna de Groucho Marx: “A mí me gustaría trabajar en la reforma agraria”.

Casi me caigo al suelo de la risa.

Pero Suzy Díaz se sabe bien su papel y también lo cumple a la perfección: ella es la Marilyn Monroe de alguna pesadilla distópica de Philip K. Dick, y a ello se aplica con entusiasmo. No sabe ni decir “hot dog” (aunque juraría que habla más inglés que un Melcochita que ha vivido 30 años en los USA) y se ríe genuinamente de su compadre cuando éste le asegura que Nueva York está situada al nivel del mar: Susy cree a pie juntillas que padece allí de soroche y que por tanto Melcocha se burla de ella.

Mientras nuestros Quijano y Panza limeños deambulan por las calles, hay tiempo para la filosofía (“Todo el mundo es igual”, medita con mucha razón Melcocha al cruzarse un homeless tirado en la vereda), sesudos consejos y reflexiones sobre el respeto en la convivencia conyugal (“Uno tiene que apreciar a la madre de sus hijos por más que moleste”, dice él) o temerarias proclamaciones de liberación sexual (“A mí no me gusta andar con hombres que no me paguen, ¿eh?”, dice ella en una declaración que epataría a los Estados Unidos enteros si la hubiesen entendido). Por una vez, hay que disculpar su descaro e incorrección: ellos son dos niños que juegan a ser bufones… y todos sabemos (bueno, menos los tontos, los maliciosos y los que tienen alma de dictadores) que los niños y los bufones no tienen por qué ser correctos.

A todo esto, yo no sé si es parte del guión o un injerto de “cinema verité”, pero la desesperación de Susy Díaz por encontrar esposo gringo parece real, a juzgar por el ímpetu con que se lanza a abrazar a todos los viandantes estadounidenses que le paran bola…

En resumen, yo recomendaría el visionado de este programa a todas las familias de bien, para que aprendan a respetar y celebrar a sus artistas propios, para que se compruebe que cada cultura genera sus propios códigos y hay que saber entrar en ellos… y para que muchos intelectuales limeños que jamás verán Un verano en Nueva York pero se reirían con los mismos chistes si hubiesen aparecido en The Osbournes sepan que los dos protagonistas de este show seguramente serán mucho más inmortales que ellos y más queridos y recordados por su pueblo.

Y además, justamente.

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Hernán Migoya

Escritor español. Autor del best-seller "Todas putas" y guionista de “Plagio”, primera novela gráfica europea situada en el Perú. También es autor del ensayo erótico "50 peruanas de bandera", coguionista del biocómic "Señorita Laura" (Premio Luces 2015) y acaba de lanzar su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).