Cholo soy y no me complazcas , comics Miércoles, 8 octubre 2014

Miguel Grau: El mito también fue niño

Hernán Migoya tuvo la gentileza de pedirme que escriba el prólogo de Grumete Grau, el cómic cuya autoría comparte con Ricardo Montes. Hoy, 8 de octubre, ha sido lanzado al mercado.

Grumete Grau Portada en alta

 

El mito también fue niño

Cuando nos hacemos grandes solemos cometer un pecado mortal: nos olvidamos de aquello que nos hacía delirar cuando éramos niños. Empezamos a mirar el mundo desde nuestra estrecha y aburrida mente adulta y nos perdemos la oportunidad de dialogar con los cerebros frescos y espontáneos de nuestros hijos. Una regla elemental que olvidamos con frecuencia es que a los niños les gustan las historias protagonizadas por niños. Nos deshacemos dándoles explicaciones de por qué tienen que hacer las tareas, por qué deben cambiarse al llegar de la escuela, o damos larguísimas charlas, aburridas y cargadas de moral, sobre la responsabilidad, la disciplina, la obediencia. Y todo eso, que suele ser un discurso inútil que aterriza huérfano en la cabeza soñadora de nuestros hijos, sería mucho más fácil de inculcar, de transmitir y de compartir si les contáramos a nuestros enanos que alguna vez nosotros también fuimos niños. Que la mamama nos castigaba horrible si no nos cambiábamos la ropa. Que la niña de la clase que nos gustaba un día nos sacó la lengua y nos hizo llorar a mares. Que el día que nos sacamos 20 en mate el abuelo nos compró un helado gigante y nos sentimos importantísimos.

 

El efecto que tiene en un niño saber que ese adulto al que respeta alguna vez fue como él es fascinante: lo ayuda a entender que todos tuvimos miedo, le permite comprender que él va a crecer y eso que hoy lo agobia no tendrá importancia cuando sea más grande, le regala la esperanza de que todo mejora. Para los niños descubrir que los adultos tuvimos infancia es una revelación: piden ver fotos, quieren que les cuenten anécdotas y observan con curiosidad ese mundo lejano que los ayuda a sobrellevar esa etapa de la vida donde para ellos todo es nuevo y excitante, pero donde el miedo y la ansiedad suelen ser compañeros habituales de ruta.

 

Por eso, cuando Hernán Migoya me mostró Grumete Grau, el niño de los mares, el cómic que ha escrito basado en la creación del productor de animación Rodrigo Quijandría, me quedé fascinada. Recordé que mis superhéroes favoritos son aquellos como Batman o Superman cuya grandeza y comportamiento siempre se explicaron por esos datos de su niñez que sus creadores nos permitieron conocer. Recordé lo importante que resultaba saber que Bruce Wayne perdió a sus padres de niño y que a Clark la familia Kent lo crió como si fuera un hijo propio, cuando en realidad les cayó del cielo. Me gustaba imaginar muerta de miedo, y agazapada en un closet con mis comics, cómo hubiera sido mi vida si asesinaban a mis papás. Me encantaba soñar que en realidad era adoptada y que mis padres me habían encontrado tirada en medio de la nada.

 

Y de pronto, mientras disfrutaba las anécdotas del pequeño Miguel, mientras lo veía conversar con Manuelita Sáenz, “la Libertadora”,  caí en cuenta que, de nuestros héroes de verdad, de esos que nos regala la Historia con mayúscula, no tenía ninguna imagen o referente acerca de su infancia. Miguel Grau, Francisco Bolognesi, José Quiñones, José Olaya siempre habían sido para mí señorones,  hombres grandes llenos de barbas y bigotes. Y claro, eso no tiene nada de malo, son importantes figuras a la que les tengo aprecio y respeto, pero no podría decir que han formado parte de esa riqueza de mi imaginario infantil que está plagado de personajes “de mentira”, ficticios, que fueron los que realmente me ayudaron a crecer.

 

Por eso hoy, leyendo Grumete Grau, el niño de los mares, siento que se llena un vacío para las nuevas generaciones. Siento que Migoya y su extraordinario equipo de nuevos talentos peruanos (el dibujante Ricardo Montes, el entintador Rodrigo Villarreal, la fondista Annie Paytán y la encargada de arte final Laura Carranza, junto al documentalista Giorgio Madueño y la colorista y rotulista Gab Contreras) han decidido reconstruir la infancia de Miguelito Grau para volverlo un referente más cercano para los niños. Y gracias a que se han dado la licencia de imaginar ahí donde los datos no alcanzan y de reconstruir ahí donde la Historia no llega, nos pueden ofrecer un personaje verosímil, de carne y hueso que vive aventuras, que es curioso y valiente, que extraña a su mamá…

 

En pocas palabras, gracias a Grumete Grau, el niño de los mares, hoy nuestros niños cuentan con un material de lectura de calidad. Con un trabajo novedoso que echa mano de la historieta para que la lectura sea una experiencia en la que primero se disfruta y después se aprende. Pero sobre todo, y éste es el aporte más importante desde mi perspectiva, les está ofreciendo a nuestros hijos la posibilidad de comprender que ese señor de la barba frondosa, ese hombre justo que recoge a los enemigos caídos, ese marino capaz de aparecer y desaparecer en las costas chilenas… alguna vez fue un niño que odió a su hermano cuando sintió que lo abandonaba. Que vomitó el alma en su primer viaje en barco. Que aprendió que el miedo es algo con lo que hay que vivir para llegar a ser un gran hombre. Para llegar a ser un gran héroe. Para llegar a ser un súper héroe.

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