Cholo soy y no me complazcas Martes, 7 octubre 2014

Yo también he sido candy

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

(o por qué no es lo mismo ser candy que liberal)

Retocada1

La fiebre candy inunda Lima y el uso indiscriminado del término puede llevar a graves errores al confundirlas con mujeres liberales que de candy no tienen nada, pero que el prejuicio machista hace meter en el mismo saco.

Yo mismo no tenía idea de lo que significaba la palabreja. De crío nunca fui de Candy, Candy, a mí los dibujos animados para niños que me gustaban eran Lady Oscar (el travestismo me jalaba más). Pero gracias a la canción de este contestatario dúo  y a la explicación de este saleroso muchacho ya me he puesto al día.

Una “candy” no es una chica promiscua. Ni siquiera tiene que ser una chica. Cualquiera, señorito o señorita, puede ser candy. Yo lo he sido muchas veces, como casi cualquier artista, cuando busca el favor de un mecenas billetón: tampoco hace falta aclarar tu opción sexual, aunque son mucho más sobornables los hombres. La otra noche me tomaba un whisky en un bar de Barranco y al volverme me encuentro a cierto célebre político saludándome con una inclinación de mentón mientras me observaba fijamente y sorbía su copa. Me sentí James Bond topándose por vez primera con el villano de la película: me puse rígido en mi papel de objeto sexual y le dirigí mi mirada más seductora mientras inclinaba también el mentón, devolviendo su saludo. O sea: ¡me puse candy! Uno nunca sabe cuándo puede necesitar financiación para su próximo proyecto…

Cuando me reúno con mis amigos gays en Madrid me pongo “en modo Tilso por puro gusto y vanidad, porque suelo ser el único heterosexual en esas fiestas, y me siento una princesita virgen entre pretendientes sedientos. Recuerdo la noche que llegó otro heterosexual a una reunión: era más joven, más guapo y más musculoso que yo. Todos se voltearon pendientes de él. ¡Me puse celoso como una candy cualquiera! Me sentía como el del chiste de Colgate: “Quiero Colgate, escupite y matate”. Y es que hasta a los heteros nos gusta ser el centro de atención de un grupo de admiradores. Yo preferiría que fuesen mujeres, pero, qué se le va a hacer… ¡les gusto más a los hombres! Adaptarse o morir.

Una candy o un candy no ofrecen sexo: ofrecen una PROMESA DE SEXO. Se puede ser la persona más casta del mundo y llevar una vida monacal: es su actitud la que la hace candy. Se trata, en ambos sexos, de una persona arribista, una trepadora que se cotiza como pedazo de carne entre la élite en la que quiere introducirse o de la que desea sacar provecho.

Las y los candys tienen claro el campo donde desarrollar sus estrategias: allí donde huelan a fama, dinero y poder.

En el mundo del cómic, por ejemplo, no hay apenas candys, porque es un mundo con muy poquita fama, con mucho menos dinero y con nulo poder. En la literatura, te puedes encontrar alguna que otra candy en las editoriales, de esas que ADOOOORAN a sus autores y los acompañan hasta su casa después de las presentaciones. El cine es el terreno donde más candys uno se encuentra, porque se basa en la imagen (la guapura se valora mucho), rebosa plata y glamour, y no se necesita cultura para entrar en él. Y la televisión es el caldo de cultivo natural, el camino más corto para la especie candy, porque la farándula lo admite todo: si tienes ganas en vez de escrúpulos y no te importa que rajen de ti, puedes hacerte famoso y de paso pescar alguien forrado de dólares. ¡Y la vulgaridad es una ventaja!

El machismo popular equipara demasiadas veces los conceptos de candy, promiscua y prostituta. Yo no estoy de acuerdo: una prostituta es una trabajadora muy digna que ofrece sexo a cambio de dinero, de frente y sin medias tintas. Una promiscua es una mujer a la que le gusta acostarse con muchos hombres, igual que a un promiscuo le gusta acostarse con muchas mujeres. Una candy es alguien que finge ofrecerse (se entregue luego o no) por interés, ya sea material o en busca de renombre.

De los tres tipos, los dos primeros me parecen irreprochablemente respetables. El último me divierte. Jamás he flirteado con candys, en las fiestas enseguida se dan cuenta de dos cosas al mismo tiempo: de que no soy millonario y de que las menosprecio. Así que casi siempre me ignoran.

Las mujeres abiertamente liberales, en especial ellas, no son candys, precisamente porque lo único que buscan al practicar sexo es el placer generado por dicha actividad. Son mujeres por fortuna cada vez más numerosas, que están realizando el auténtico trabajo de zapa en la consecución de una equidad de facto en nuestra sociedad: las liberales son las mujeres que más admiro. Gracias a la franca asunción de su estilo de vida y pese al desdén más o menos solapado de su entorno, son las que entablan una lucha más real y valiente contra el machismo. Son mujeres como ellas las que acaban con los “derechos de posesión” de los hombres y las que barrenan la identificación entre sexo y amor. Casi nadie les reconoce el mérito de su desagradecida cruzada, pero con su honestidad contribuyen a hundir el fundamentalismo retrógrada de esos sujetos que creen que la adoración se demuestra sintiendo celos enfermizos: sentir celos de tu pareja es desconfiar de ella. ¿Y quién querría estar con una persona de la que se desconfía?

La consigna social a aplicar en nuestros tiempos debería ser: ¡menos chicas candys y más chicas liberales! Cuando Tilsa Lozano canta Soy soltera y hago lo que quiero, está atentando contra el buen gusto musical, pero a la vez contribuye más que cualquier Ministerio de Igualdad a la liberación de muchas mujeres y a asumir una moral correcta: la de tener la libertad de tomar sus propias decisiones y ser felices por ellas mismas, sin necesidad de un tutelaje masculino.

Eso no es ser candy, es ser dueña de sus vidas. Y es maravilloso.

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).