Cholo soy y no me complazcas Miércoles, 24 septiembre 2014

¿Es peor hacer chistes racistas o chistes homófobos? Las acusaciones cruzadas de Alfredo Benavides y Fernando Armas revelan la crisis del humor popular

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).

Si todo el mundo tuviera buenas intenciones, pronto los hombres se matarían unos a otros”. Las aventuras del buen soldado Svejk, de Jaroslav Hasek.

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Ahora que el humor popular nacional ha perdido por asfixia inducida su mayor seña de identidad icónica, La Paisana Jacinta, ya sea porque el presunto estereotipo de lo andino que encarna resultaba inexcusablemente ofensivo para la sensibilidad actual o tal vez porque sus chistes no eran lo suficientemente blancos  e inmaculados (“Humor del pueblo hecho para el pueblo: ¿hay algo más despreciable que eso?”, parece decir el subtexto de su defenestración: “Por favor, ¡toneladas de Monty Python para los pueblerinos, a ver si se educan de una vez, que el humor colonialista es siempre el más inteligente!”), ya estamos ante las consecuencias inmediatas de dicho descalabro:

El pánico ha cundido entre los cómicos populares peruanos ante esta “caza de brujas” de la corrección política: sobre todo, reconozcámoslo, en aquellos que tienen cierta dificultad para hacer chistes sin parodiar etnias y tendencias sexuales. El severo ojo de las autoridades morales de pedestal mediático los ha puesto nerviosos y, de resultas, han empezado a acusarse mutuamente de ser cada uno más políticamente incorrecto que el otro… En toda época de aplicación del Terror (en este caso, al entorno cultural), la delación entre sí resulta siempre el síntoma más característico de lo efectivo de la presión ejercida.

Precisamente ése es el fondo de la diatriba que estos días mantienen dos conocidos comediantes peruanos, Fernando Armas y Alfredo Benavides. El primero se lamenta, con razón, de los pocos espacios de humor que quedan en la TV de consumo masivo, copada por programas de musculitos y jamonitas para niños y niñas cuyos padres no desean que pierdan el tiempo leyendo libros y de espacios de chismorreo con periodistas de ética intachable al frente como los egregios intelectuales Peluchín o Carlos Cacho. No, el déficit de humor facilón en la tele no ha sido compensado con densos programas de divulgación cultural o científica ni con sesudos documentales sobre el cuidado de la Naturaleza y las especies en peligro de extinción…

El sosegado Armas, que como ya dije en otra ocasión, me parece un hombre súper sexy (lo aclaro para que luego no me acusen de trato de favor injustificado), cometió hace unos días el desliz de comentar que con la Paisana Jacinta hubo un “exceso de confianza en el factor criollo peruano”.

De Armas tomado, el hermano de la “Paisana”, Alfredo Benavides (que no me parece tan sexy como su contrincante), saltó al contraataque raudo y picón, en una reacción que imita el típico “y tú más” del alumno al que señalan con el dedo y acusan de algo bien feo delante de toda la clase… “¡Nosotros seremos racistas pero tú eres un homófobo!”, parece reprochar el responsable de El Especial del Humor en el tuétano de estas declaraciones, no exentas de punch, a Perú 21: No todos los estilistas corren cada vez que escuchan el serenazgo. Tengo amigos estilistas a los que ese tema no les hace gracia, pero creo que él (Fernando Armas) no lo hace con mala intención”.

Es cierto que Armas, en su personificación de un estilista gay llamado Fulvio Carmelo, hace mención del Serenazgo, junto a otros tópicos rústicos de la parodia tradicional de homosexuales: todos son siempre muy afeminados, todos están locos por TODOS los hombres, todos quieren ser como las mujeres… y miles de clichés ya oxidados. Más que ofensivo, es cansino:

¿Se puede obligar al pueblo a tener gustos modernos y sofisticados? Yo creo que se puede inducir y aportar, pero no obligar. Máxime cuando mucho “nuevo rico intelectual” considera que ser moderno significa obligar a la gente a botar al tacho sus discos de Corazón Serrano y cambiárselos por los de The Smiths

¿Devolvemos la calma a nuestros cómicos, acabamos con su síndrome de “campo de concentración”? ¿Evitamos que se delaten y terminen matándose entre ellos de puro miedo, o continuamos la escabechina? El propio Armas había entonado hace unos días un ruego de tolerancia a los gustos populares que involuntariamente suena a súplica desesperada, a réquiem de despedida como el que en su momento pronunció Jorge Benavides ante el acoso a su Negro Mama y su Paisana:

 

Educación sin condescendencia 

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Jorge Benavides. Foto: elpopular.pe

Por supuesto, todo esto no son sino secuelas de una vieja diatriba que ya lleva años coleando: la aparente inadecuación a nuestros globalizados días de respeto al prójimo del repertorio cómico popular vigente, ése que basa su temática sobre todo en parodiar homosexuales, andinos, gangosos, negritos o “calabacitas” eternamente deseosas (yo he visto durante una actuación en una peña a un cómico gay INTERPRETANDO con todos los tics y subrayados más deleznables… ¡a un gay!). El más razonado y mejor resumen de posturas lo podemos encontrar aquí:

Habitualmente, suelo coincidir sin trabas con las inteligentes, mesuradas y progresistas opiniones del psicoanalista Jorge Bruce (sobre todo cuando cuadra al ¿doctor? Fernando Maestre, chistosísimo autor del famoso axioma “Si a un niño lo empiezan a tratar como mujercita, lo vuelven mujercita. Eso sí es Psicología de Caverna y lo demás puras memeces). Pero en esta ocasión, creo que a Bruce le puede su aire de señorito fino indignado con el “salvajismo” de los gustos plebeyos: prefiero quedarme con la honestidad chambera y el sentido común de un valiente Carlos Carlín,

“Me parece un humor ramplón, chabacano y vulgar”, afirmaba el primero al respecto del trabajo de Jorge Benavides. Sí, Sr. Bruce, sí, lo es. Pero usted antes que cualquier otro debería saber que en democracia nadie tiene el derecho de prohibir una manifestación cultural por el hecho de que sea ramplona, chabacana y vulgar. Ni en el Perú ni en su oh tan admirada Francia, país que para muchos (especialmente para los estadounidenses) simboliza precisamente la tierra de la ramplonería, la chabacanería y la vulgaridad. Y si no, ¿en qué otro país del mundo hubiesen podido agredir verbalmente y acosar gestualmente a una casi virginal Whitney Houston en un show de TV en vivo diciéndole que querían “tirar con ella”? Sólo en la civilizadísima Francia:

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El derecho a existir del mal gusto

Porque la cuestión de fondo, causante de este sintomático y nada casual pleito entre payasos, es la misma aquí y en cualquier parte del orbe: ¿resulta sano y bueno realmente prohibir este tipo de humor chabacano, pero quizá –algo que nadie parece interesado en averiguar– socialmente catártico, sólo porque no nos gusta a nosotros o lo consideramos atrasado? Y, en última instancia, planteemos ese dilema que muchos se saltan alegremente a la hora de opinar: ¿TENEMOS DERECHO A PROHIBIRLO?

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Larry Flynt, parapléjico por luchar por la libertad de expresión.

En todo caso, la defendamos o no como valor justificativo, la calidad (o más bien la ausencia de calidad) no es un estándar de PROHIBICIÓN para una obra. Nos lo demostró Larry Flynt en sus juicios por obscenidad cuando era editor de la revista pornográfica Hustler: “Si la Primera Enmienda protege a una basura como yo, les protegerá a todos ustedes”, anunciaba su personaje en la maravillosa película The People VS. Larry Flynt.

El filme que escenificó el juicio sufrido por este pornógrafo debería ser de visión obligada en todos los institutos y debates sobre Ética y Cultura. Y sobre todo deberían verlo algunos aprendices de represores que en los últimos años nos acosan desde todos los medios (esos mismos que con sus “buenas intenciones” acabarán por causar la extinción de la Humanidad, según creía firmemente el protagonista del mayor clásico de la literatura checa), ya sea para expurgar la palabra “nigger” de los libros del antirracista Mark Twain , violando su legado o para quejarse por una portada superheroica del maestro Milo Manara, portada que en realidad plantea un choque de civilizaciones irreconciliablemente enfrentadas: el puritanismo yanqui que todos estamos adoptando por la influencia abrumadora de la cultura estadounidense en nuestro día a día, cultura que celebra las poses violentas pero condena las poses eróticas, contra la visión dionisíaca mediterránea, siempre decadente, anticatólica y relajada sexualmente.

La película mentada hace un alegato irreprochable del DERECHO A EXISTIR del mal gusto y de la sátira, incluso de la cultura de la más baja estofa. Como dice el abogado del editor encausado: “No trato de sugerir que debería agradarles lo que hace Larry Flynt, a mí no me gusta lo que hace… Pero lo que me gusta es el hecho de poder vivir en un país donde usted y yo podamos tomar esa decisión por nosotros mismos. Me gusta el hecho de poder vivir en un país donde puedo coger la revista Hustler y leerla, o tirarla a la basura si es que es ahí donde creo que pertenece”.

Para rematar con una frase digna de ser grabada en todos los altares de los defensores de la libertad de creación y expresión: “LOS DISCURSOS IMPOPULARES SON ABSOLUTAMENTE VITALES PARA LA SALUD DE NUESTRA NACIÓN”.

 

Los chistosos del humor

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Queda solamente pendiente reparar la crisis de contenidos del humor popular actual. Ésta es mi solución:

Agarremos a varios dogmáticos del primitivismo retrógrada como Juan Luis Cipriani, Gisela Valcárcel o el mentado Fernando Maestre, y concedámosles un programa de TV nocturno donde desgranen COMPLETAMENTE EN SERIO sus valores e ideales. Que cada uno nos explique por turnos, por ejemplo, cómo consideran el papel de la mujer en nuestra sociedad, o lo que entienden por triunfar en la vida, o cómo se “cura” la homosexualidad… Mataremos dos pájaros de un tiro: tendremos el mejor equipo de Chistosos del Humor jamás ensamblado y de paso desactivaremos discursos realmente NOCIVOS para una sociedad libre y sana.

Y entonces el humor popular tendrá por fin una Edad de Oro.

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).
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