Cholo soy y no me complazcas Viernes, 22 agosto 2014

Por qué Gisela Valcárcel NO es una peruana de bandera (al menos en mi libro)

Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).
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Foto: Terra.pe

Entre las preguntas habituales que recibo sobre mi libro “50 PERUANAS DE BANDERA”, sin duda la más frecuente es ésta: ¿Por qué no has incluido a Gisela?

Y la verdad es que hasta hace poco ni yo mismo lo sabía. Porque lo cierto es que en la preselección que hice de mujeres peruanas admirables, Gisela Valcárcel estaba en esa primera lista. Sin embargo, cuando empecé a escribir sobre ella, esto fue lo primero que me salió del tintero y del alma:

“Como mujer, a lo máximo que Gisela incita no es al pecado, sino a invitarla a un té con pastas”.

Esto que para muchos será un elogio, para mí ya era un mal comienzo, porque no hay nada que más deteste en una persona, hombre o mujer, que el hecho de que su presencia no transmita absolutamente nada en el plano emocional o instintivo: la asepsia de carácter en un individuo jamás me ha parecido virtud.

Así que intenté arreglar ese mal comienzo hablando sobre su ex pareja Roberto Martínez, y la cosa no hizo más que empeorar:

“Cada vez que (Roberto) asoma por la pequeña pantalla con su expresión blanda y su sonrisa de prestado, me recuerda a esos tíos lejanos, sin oficio ni beneficio, que se presentan inopinadamente en tu fiesta de cumpleaños a ver si les cae algún regalo despreciado por el homenajeado”…

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Foto: RPP.com.pe

Hmmm… Algo iba mal. Realmente Roberto siempre me pareció que tenía el carisma de una cuchara, pero yo quería de veras que Gisela integrase mi selección de 50 peruanas más admiradas. Sin embargo, cuanto más intentaba escribir algo positivo acerca de ella, o siquiera apasionado o mínimamente empático (sobre todo desde el agradecido ángulo de “chica-de-origen-humilde-que-llega-hasta-la-cima-del-éxito-y-la-popularidad”), mi corazón me desobedecía y solamente terminaba hablando de que era un “sucedáneo de vedette” o describiéndola como “tan bonita como una gata de porcelana para decorar tu hall”.

Finalmente, desistí de luchar contra los molinos de viento de mi intuición y la descarté del libro. Sin embargo, no fue hasta después del lanzamiento comercial del volumen que averigüé por qué no pude permitir que Gisela Valcárcel figurase en “50 PERUANAS DE BANDERA”.

Hace un mes, dos amigos gays de mucha plata me invitaron a almorzar en su mansión de Chorrillos y, durante la sobremesa, otro de los invitados, un afable señor homosexual de edad madura (de esos que toda señora decente querría como yerno), me abordó de nuevo con la misma cuestión que ya otras personas me habían planteado tantas otras veces:

-Hernán, dime, ¿por qué no está Gisela en tu libro?

Le di la respuesta (de cortesía) que ya daba siempre en estos casos:

-Bueno, no me parece especialmente meritoria.

-¿Cómo que no? –discutió él, mesándose su bigotito rubio–. Gisela es una mujer extraordinaria.

-Seguramente… –comenté evasivo.

-No lo entiendo. Ella sí es una “peruana de bandera”, no como esa bruta de la Tula, que colocas en el número uno, y que es más vulgar que una cualquiera.

Ahí sentí hervir mi sangre proletaria:

-¿Qué cualidad admirable ves tú en Gisela? ¡Ilumíname!

-Gisela no da escándalos. Se comporta como una dama. No parece que provenga de abajo.

Entonces comprendí qué era lo que yo odiaba de Gisela: precisamente eso. ¡Que disimulaba!

Estuve a punto de replicar: “Claro. La encuentras admirable porque tú tampoco das escándalos: con 60 años sigues disimulando tu verdadera naturaleza y en tu fuero interno estás en contra, como ella, de la Unión Civil, porque aceptarla implicaría tener que salir del clóset y sacar a la luz de todos tu verdadero yo… con la posible pérdida de estatus y poder que ahora tienes y quién sabe si atrayendo problemas innecesarios”. No se lo dije porque estaba en una casa ajena y las leyes de la hospitalidad me lo impedían. Tampoco me pareció apropiado herirle así.

De hecho, debería haberle agradecido. Porque ahora sí sé por qué Gisela Valcárcel no me parece una estrella de bandera. Para mí representa lo que más desprecio en el mundo: el “disimulo”, la desnaturalización de lo que eres por contentar a los demás, evitando decir jamás algo INAPROPIADO, asumiendo las buenas maneras que perpetúan los prejuicios existentes en una sociedad clasista. La bobería adrede, la banalidad adoptada, la beatería idiotizante, la mimetización con TODO (lo bueno pero sobre todo lo malo) que hay entre las clases altas para que no te miren mal y no te restrieguen en cara tu procedencia… No vayan a molestarse los amos.

Gisela me recuerda al viejo Stephen de la película Django Unchained, el esclavo connivente con el sistema, aquel que traiciona su esencia para prolongar la hipocresía pituca y el establishment:

Eso sí se lo dije a mi conocido gay (gay sólo en la intimidad, claro está):

-Si yo escribo por algo, es para exponer la hipocresía. Y Gisela me parece un modelo absoluto de hipocresía.

-Ah, sí, la hipocresía… –la palabra quedó flotando en el ambiente y él arrugó la nariz, como si me hubiese tirado un pedo. Luego asintió vagamente en torno a las demás señoras, que ya me miraban nerviosas.

Y, poniendo en práctica un entrenamiento de siglos, rápido se cambió de conversación.

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Hernán Migoya

Escritor y guionista español. Ya está a la venta su nueva novela, "La flor de la limeña" (Planeta Perú).
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